Los siete cráneos ocultos de la evolución humana

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Juan Luis Arsuaga sostiene un fragmento de uno de los cráneos humanos hallados en Atapuerca. JAVIER TRUEBA

El eminente paleontólogo y estudioso de la evolución Stephen Jay Gould -fallecido en 2002- resumía el avance de las especies y los procesos que esculpen la geología del planeta con una simple frase cargada de significado: «La historia de cualquier parte aislada de la tierra, como la de cualquier soldado, consiste en». La paleontología es la ciencia que mejor ha sabido percibir tanto los larguísimos lapsos de tiempo de aburrimiento como las alocadas carreras por la evolución que se viven en las épocas de terror. Es lo que indica en la mayoría de los casos el registro fósil. Las especies se mantienen largos periodos de tiempo estables hasta que un cambio en el clima, en la orografía del terreno o en los organismos que comparten el entorno ecológico dispara el motor de la evolución a través de la necesidad de adaptación a las nuevas circunstancias. La estabilidad corresponde a los infinitos periodos de aburrida espera en la trinchera, mientras que los cambios ambientales extienden el terror entre las formas de vida que han de huir hacia delante por los caminos de la evolución para permanecer en el mismo sitio, como en la llamada hipótesis de la Reina Roja, enunciada en 1973 por el biólogo Leigh Van Valen basándose en la segunda parte del cuento de Lewis Carrol ‘Alicia en el país de las Maravillas’. En el relato, los habitantes tienen que correr cada vez más deprisa para permanecer en el mismo lugar. Según Van Valen, los organismos acompañan al ambiente en el que habitan, pero un paso por detrás, ligeramente mal adaptados y sin alcanzar jamás su meta.

El eminente paleontólogo y estudioso de la evolución Stephen Jay Gould -fallecido en 2002- resumía el avance de las especies y los procesos que esculpen la geología del planeta con una simple frase cargada de significado: «La historia de cualquier parte aislada de la tierra, como la de cualquier soldado, consiste en largos periodos de aburrimiento y breves periodos de terror». La paleontología es la ciencia que mejor ha sabido percibir tanto los larguísimos lapsos de tiempo de aburrimiento como las alocadas carreras por la evolución que se viven en las épocas de terror. Es lo que indica en la mayoría de los casos el registro fósil. Las especies se mantienen largos periodos de tiempo estables hasta que un cambio en el clima, en la orografía del terreno o en los organismos que comparten el entorno ecológico dispara el motor de la evolución a través de la necesidad de adaptación a las nuevas circunstancias. La estabilidad corresponde a los infinitos periodos de aburrida espera en la trinchera, mientras que los cambios ambientales extienden el terror entre las formas de vida que han de huir hacia delante por los caminos de la evolución para permanecer en el mismo sitio, como en la llamada hipótesis de la Reina Roja, enunciada en 1973 por el biólogo Leigh Van Valen basándose en la segunda parte del cuento de Lewis Carrol ‘Alicia en el país de las Maravillas’. En el relato, los habitantes tienen que correr cada vez más deprisa para permanecer en el mismo lugar. Según Van Valen, los organismos acompañan al ambiente en el que habitan, pero un paso por detrás, ligeramente mal adaptados y sin alcanzar jamás su meta.

El yacimiento de Atapuerca (Burgos), una referencia mundial indiscutible para el estudio de la evolución humana, acaba de aportar un verdadero tesoro paleontológico que apoya las teorías esbozadas por Gould, Van Valen y tantos otros evolucionistas. El análisis de 17 cráneos de homínidos -siete de ellos nuevos para la ciencia- de hace 430.000 años ha permitido a los investigadores, liderados por el codirector de Atapuerca Juan Luis Arsuaga, avanzar en el conocimiento de cómo se produjo la evolución de los neandertales. Y las conclusiones del trabajo, recién publicado por la revista científica Science, apuntan precisamente a que ésta se produjo de forma escalonada, en etapas, y no como un proceso continuo e imparable, tal y como propuso el propio padre de la Teoría de la Evolución Charles Darwin y defienden a capa y espada los llamados neodarwinistas, que tuvo en los padres de la Teoría Sintética, como los genetistas Theodosius Dobzhansky y John B. S. Haldane o el biólogo Ernst Mayr, a sus máximos exponentes. En los años 70, Gould y Niles Eldredge plantearon la teoría del equilibrio puntuado, según la cual las especies pueden evolucionar gracias a grandes y rápidas reordenaciones de su genoma. «Es más fácil subir los peldaños de una escalera que empujar un cilindro por la cuesta arriba de la Historia de la Vida», decían.

Los restos humanos de estos hombres de la Sima -como se han llamado por haber sido hallados en la Sima de los Huesos de la Sierra de Atapuerca y a la espera de que la comunidad científica acuerde si pertenece a alguna especie ya conocida o supone una en sí misma- tienen características definitivamente neandertales, como la cara, la mandíbula y la articulación de ésta con el cráneo, pero rasgos mucho más primitivos en el resto del esqueleto craneal. Hay que recordar en este punto que entre los neandertales clásicos estudiados por paleontólogos y antropólogos (‘Homo neanderthalensis’) y los hombres de la sima hay 200.000 años de diferencia. ¿Qué supone esto? Que estos homínidos pertenecen a la estirpe de los neandertales y que la evolución del linaje a lo algo de varios cientos de miles de años ocurrió en mosaico -como la definen los autores del trabajo- afectando de forma escalonada a diferentes regiones de la anatomía y no a todos los rasgos al mismo tiempo.

Cráneo 17 de los encontrados en la Sima de los Huesos del yacimiento de Atapuerca. JAVIER TRUEBA

«Para entender la morfología craneal de los neandertales se han apuntado hacia varias hipótesis, una es que se debe a deriva genética, es decir al azar. Pero yo creo que hay que buscar una explicación funcional», asegura a EL MUNDO Juan Luis Arsuaga, investigador principal de la investigación recién publicada en ‘Science’. Ralph Quam, del Departamento de Antropología del Museo de Historia Natural de Nueva York, comparte el mismo punto de vista. «Debido al complejo juego de características faciales, parece un mejor candidato para representar una adaptación, que para ser algo que ocurrió de forma aleatoria por deriva genética. Estamos actualmente trabajando en esto, pero creemos que existen implicaciones funcionales», explica Quam.

«Estos homínidos vivieron épocas glaciales, por lo que hay quien piensa que sus anchas caras y grandes cavidades nasales pudieron ser una adaptación al frío para calentar el aire que pasa a los pulmones o la sangre que va al cerebro por la carótida. Pero en la meseta castellana no hace tanto frío como en el clima ártico del norte de Europa», explica. Aunque pertenece al terreno de las especulaciones y no figura en el trabajo, para Juan Luis Arsuaga la especialización del esqueleto facial podría deberse al uso de la dentición anterior -de los dientes y colmillos- como herramienta. «La dentición posterior, las muelas, no son muy grandes, por lo que no creo que tenga que ver con la trituración. Pero esta morfología de la cara reduciría el estrés biomecánico provocado al usar los dientes como una herramienta más, además de las manos», explica el investigador. De modo que las mandíbulas y caras de los neandertales pudieron ser un sistema de ingeniería que evitaba que la tensión ejercida con los dientes no se concentrase en la cara y se disipase. La adaptación tuvo éxito y la Selección Natural hizo que quedase como rasgo distintivo de los neandertales hasta su extinción hace cerca de 30.000 años. Pero no sucedió lo mismo con el esqueleto craneal, que fue ganando volumen cerebral, hasta varias decenas de miles de años después.

Otra de las pequeñas revoluciones que supone este último hallazgo en Atapuerca es precisamente que por primera vez se ha analizado una población entera, lo que permite extraer conclusiones a escala poblacional, sin tener la incertidumbre provocada por los hallazgos puntuales y aislados. «Con los 17 cráneos que hemos encontradoes posible por primera vez caracterizar la morfología craneal de una población humana europea del Pleistoceno Medio», asegura Ignacio Martínez, profesor de Paleontología de la Universidad de Alcalá y coautor de la investigación. «Hace más de 400.000 años, había mucha más diversidad geográfica de lo que se pensaba», explica Arsuaga. «Hoy en día, sólo existe una población de ‘Homo sapiens’, pero eso no siempre ha sido así. En el Pleistoceno si recorrías Europa encontrabas una gran variación entre poblaciones», dice el investigador.

Hace cerca de medio millón de años, los humanos primitivos se separaron evolutivamente de otros grupos de homínidos con los que convivían en esa época en África y en el este de Asia. Ese grupo se asentó definitivamente en Eurasia donde la evolución fue tallando en esos individuos los caracteres distintivos que dieron lugar a los primeros neandertales (‘Homo neanderthalensis’).

Unos cientos de miles de años después, los humanos modernos (‘Homo sapiens’), que habían evolucionado en África- se asentaron también en Eurasia y el contacto produjo el cruzamiento de ambas especies, aunque no de forma completa debido a la incompatibilidad reproductiva que mostraban la mayoría de los individuos de ambas especies para hibridar con la otra. Y aún así, en algunos casos la reproducción tuvo éxito y los genes de los neandertales llegaron al patrimonio genético del ser humano de hoy en día (‘Homo sapiens sapiens’). Precisamente uno de los últimos grandes descubrimientos de los investigadores de la Sima de los Huesos fue la publicación a finales de 2013 de ADN humano de hace 400.000 años en buenas condiciones de conservación, lo que permitió compararlo con el genoma humano moderno para aportar más información al debate científico sobre la evolución del hombre.

Yacimiento de la Sima de los Huesos, Atapuerca (Burgos). JAVIER TRUEBA

De hecho, a pesar de que los paleontólogos son capaces de rastrear la estirpe de los neandertales prácticamente desde su inicio con homínidos preneandertales de hace entre 400.000 y 500.000 años, como los de Atapuerca o los de Tautavel (Francia), hasta su extinción, no sucede lo mismo con ‘Homo sapiens’. La única especie humana que ha llegado hasta la actualidad aparece en el registro fósil prácticamente como es hoy en día. No existe ningún hallazgo paleontológico que relacione a nuestra especie con otra más primitiva que ya tuviese alguna característica presente en los ‘sapiens’ y que permita reconstruir la historia evolutiva de los humanos modernos. «Al linaje del ‘Homo sapiens’ le perdemos la pista hace 200.000 años», dice Arsuaga. «Con el registro que tenemos ahora mismo, parece que aparecieron tal y como son ahora, un poco más robusto, pero prácticamente iguales. No sabemos si sus raíces se hunden hacia un punto más profundo de la evolución».

Para los expertos en Evolución Humana caben dos posibilidades: que sea una especie mucho más conservadora desde el punto de vista evolutivo o que el registro fósil esté incompleto. En todo caso, todo parece indicar que la evolución no es un proceso aburrido, de cambio constante y paulatino, como defienden los partidarios de la Teoría Sintética, sino algo mucho más parecido a lo que proponían Gould y Eldredge, quienes también dejaban espacio para los rasgos surgidos de forma coyuntural y no necesariamente motivadas por un fin adaptativo, como defendían los neodarwinistas. De hecho, el propio Gould llegó, junto con el biólogo evolutivo Richard Lewontin, a ridiculizar los argumentos extremos de sus rivales intelectuales utilizando una divertida metáfora literaria. La idea del filósofo Gottfried Leibniz de que vivimos en el mejor de los mundos posibles atormentaba al doctor Pangloss, uno de los protagonistas de la obra ‘Cándido’, de Voltaire. Llevada al extremo en un personaje de ficción, esta percepción conduce al doctor a pensar que no hay efecto sin causa y, por lo tanto, todo existe porque tiene un propósito específico. En la obra del ilustrado Voltaire, Cándido y el doctor Pangloss regresaban a Lisboa en barco cuando un tercer personaje llamado Jacobo cae por la borda. Cándido se dispone a lanzarse al agua para salvarlo. En ese momento, Pangloss detiene a Cándido porque, según él, la bahía de Lisboa está allí para que Jacobo se ahogue en ella. Un ejemplo claro del pensamiento panglossiano aplicado a la evolución sería que la nariz y las orejas están en nuestra cara porque tienen la función de sujetar las gafas. El peso de la aportación científica de Charles Darwin es tan grande que muchos investigadores buscan el fin adaptativo en el último de los rasgos de cualquier forma de vida. Stephen Jay Gould y Richard Lewontin bautizaron esta deformación del darwinismo como el Paradigma Panglossiano. Nada más lejos de la complejidad que refleja la historia evolutiva del ser humano.

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