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Calculan por primera vez la fricción entre placas durante un terremoto

La medición de la variación de la temperatura a través de sensores enterrados ayudará a conocer mejor los seísmos y poder anticipar sus consecuencias

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La fricción entre las placas del terremoto analizado fue tan extensa que provocó el tsunami que mató a decenas de miles de personas

Un equipo internacional de científicos que instaló un observatorio de temperatura enterrado para seguir las evoluciones del terremoto Tohoku-Oki de Japón del año 2011 ha podido medir el «calor friccional» generado durante la ruptura de la falla. La cantidad es más pequeña de lo que los investigadores esperaban, lo que significa que la falla es más resbaladiza de lo que se creía inicialmente. Es la primera vez que se consigue hacer mediciones precisas de la temperatura para calcular las dinámicas de fricción de una falla deslizante. Los resultados del estudio se publican esta semana en la revista Science.

«Este hallazgo nos aporta un conocimiento sin precedentes sobre cómo funcionan, de hecho, los terremotos –explica Robert Harris, geofísico de la Universidad del Estado de Oregón y coautor del artículo en la publicación–. Nadie sabe realmente cuánta resistencia friccional hay para el deslizamiento y esto, por primera vez, nos da una idea aproximada».

«El proyecto en sí mismo es un hito de ingeniería y una experiencia fascinante dentro de esa categoría –continúa Harris, que es profesor en el College of Earth, Ocean and Atmosferic Sciences de dicha Universidad–. Para alcanzar la falla, el equipo tuvo que taladrar a través de 800 metros de lecho marino, a una profundidad de cerca de 7.000 metros por debajo de la superficie del océano. Con ello llevamos los límites de nuestra tecnología lo más lejos que podía alcanzar».

El estudio ha sido financiado por la Japan Agency for Marine-Earth Science and Technology, el Integrated Ocean Drilling Program, la National Science Foundation y la Gordon and Betty Moore Foundation.

Dieciséis meses después del terremoto Tohoku-Oki, de magnitud 9.0,los científicos instalaron el observatorio en una sección de la falla en la que el deslizamiento entre una sección de roca y la adyacente a ella era de unos impactantes 50 metros. La fricción en la falla era tan grande que desencadenó el tsunami que mató a miles de personas y devastó la costa norte de Japón.

Anomalía de 0,31 grados celsius

Después de nueve meses de operaciones, el equipo de investigación recuperó con éxito los datos recogidos por 55 precisos sensores de temperatura que fueron diseminados bajo la corteza marina en la zona de la falla, alcanzando profundidades de hasta 820 metros.

El análisis de los datos mostró una anomalía de 0,31 grados celsius con temperaturas en torno a ella en el límite de la placa de la falla. Cuando las placas tectónicas se frotan entre sí, la resistencia friccional al deslizamiento genera calor. Y es entonces cuando, midiendo los cambios con la temperatura de base tomada previamente en ese campo, ellos pueden calcular cuánto calor, o energía, se generó en el momento del terremoto. «Éste es un dato al que nunca antes de ahora habíamos tenido acceso –detalla Harris– y que será muy útil para entender las dinámicas de los terremotos en el futuro».

Los científicos afirman que esta anormalidad en la temperatura de 0,31 grados corresponde a 27 millones de julios, o 27 megajulios, por metro cuadrado de energía disipada durante el terremoto. Un julio es la cantidad de energía que se necesita para producir un watio de potencia por segundo. El «coeficiente de fricción», o la resistencia al movimiento relativo entre dos bloques, era sorprendentemente bajo, ya que sólo se situaba en 0,08, según puntualizan los miembros del equipo.

«Un modo de comprobar la fricción de estos grandes bloques es compararlos con lo que sucede con los esquíes de campo a través en la nieve –completa Harris–. En posición de descanso, los esquíes se clavan en la nieve y es precisa una cierta cantidad de fuerza para hacerlos deslizar. Una vez que eso se hace, el movimiento de los esquíes genera calor y es mucho menos costoso continuar con el movimiento».

«Y lo mismo sucede con un terremoto –añade–. Es la primera vez que hemos sido capaces de calcular cuánta resistencia friccional al deslizamiento hay. Nunca antes – salvo en el laboratorio- se había conseguido algo igual».

Harris explica que los científicos tienen la esperanza de repetir este experimento con otros terremotos, aunque la logística de un estudio de este tipo es sobrecogedora, puesto que requiere de un gran seísmo con un montón de deslizamientos, y la posibilidad de taladrar rápidamente para poder enterrar los sensores y monitorizar las señales termales. Experiencias parecidas con otros terremotos permitirían que los científicos pudieran entender mejor los riesgos asociados a los grandes movimientos sísmicos. «Lo que hemos conseguido es un gran logo –finaliza–, pero sólo se trata del comienzo de todo el trabajo que tenemos por hacer».

Calculan por primera vez la fricción entre placas durante un terremoto – ABC.es.

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El espectacular nacimiento de una nueva isla al sur de Japón

El nuevo islote ocupa aproximadamente 200 metros de ancho y se encuentra al sureste de ladeshabitada isla volcánica de Nishinoshima

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REUTERS

La fuerte actividad volcánica submarina registrada en el Océano Pacífico ha formado una nueva pequeña isla a unos mil kilómetros al sur de Tokio, según informó este jueves el Servicio japonés de Guardacostas.

El nuevo islote ocupa aproximadamente 200 metros de ancho y se encuentra situado al sureste de la deshabitada isla volcánica de Nishinoshima, que pertenece al pequeño archipiélago de Ogasawara (en la prefectura de Tokio), muy alejado de la principal isla de Japón.

Unas espectaculares imágenes recogidas por la cadena nipona NHK y grabadas por el servicio nipón de Guardacostas muestran como una columna de humo blanco de unos 600 metros se une con una nube de ceniza negra provocada por las violentas explosiones generadas en el interior del volcán.

La Agencia Meteorológica de Japón, por su parte, ha instado a las embarcaciones locales que naveguen por la zona a permanecer alerta para evitar ser alcanzados por las rocas expulsadas por el volcán o por las intermitentes explosiones, que se estima continuarán durante los próximos días.

Se trata de la primera erupción que se produce junto a Nishinoshima en cerca de 40 años, después de que esta islaincrementara su tamaño entre 1973 y 1974 debido también a la intensa actividad volcánica.

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Recuperan de un lago el meteorito gigantesco que cayó en Rusia

El enorme fragmento de unos 500 kilos se precipitó en los Urales en febrero tras una explosión en el cielo que provocó el pánico entre la población y causó más de mil heridos: «Lo hemos cazado», dicen los expertos

AFP
El meteorito de unos 500 kilos recuperado del lago Chebarkul

Buzos rusos han recuperado del fondo del lago Chebarkul, en los Urales, un fragmento de unos 500 kilos del meteorito que cayó a mediados del pasado mes de febrero en la zona, cerca de la ciudad de Chelyabinsk, tras una explosión en el cielo que provocó el pánico entre la población y causó un millar de heridos.

«Dicho en lenguaje llano, lo hemos cazado», aseguraba Nikolái Murzin, director general de la compañía Aleut de trabajos especiales, a la agencia Interfax. Llevarlo hasta la orilla fue un trabajo costoso, ya que en el lago hay grandes olas, por lo que «izarlo directamente es técnicamente difícil y arriesgado».

El trozo de meteorito ha sido esta mañana arrastrado hasta la orilla del lago. Hasta ahora, los buceadores habían sacado doce rocas del lago, cinco de las cuales han sido identificadas como trozos del cuerpo celestial que cayó el 15 de febrero en la región. Según las autoridades locales, el fragmento más grande rescatado del meteorito bautizado «Cheyabinsk» pesaba solo 4,74 kilos, con lo que este último hallazgo es todo un record.

Desde un primer momento, los científicos aseguraron que el trozo más grande del meteorito se encontraba en el fondo del lago helado de Chebarkul, donde la caída del objeto espacial dejó un gran agujero. Los científicos han advertido a la población contra la «recogida indiscriminada» de los restos del meteorito, ya que les priva de un valioso material de investigación sobre la historia del Universo.

Según los geólogos, el meteorito contiene en su mayor parte minerales de silicatos como el olivino y el ortopiroxeno, además de sulfuro de hierro y níquel, y, en menor medida, cromo, clinopiroxeno y plagioclasas.

El estudio de los meteoritos es crucial para la reconstrucción de las etapas iniciales del sistema solar, ya que esos cuerpos astrales incluyen los componentes a partir de los que fueron creados originalmente los planetas.

El meteorito, que causó más de 1.500 heridos en la región, 319 de ellos niños, tenía según la NASA una masa de hasta 10.000 toneladas en el momento de estallar en la atmósfera, por lo que es el mayor que ha caído sobre la Tierra desde 1908.

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Erupciones volcánicas y «organismos extraterrestres»

Investigadores descubren cómo una megaerupción sucedida hace 25.000 años consiguió enviar microorganismos hasta 850 km de distancia, un nuevo mecanismo de diseminación de la vida en la Tierra

ALEXA VAN EATON Y DAVID FLYNN
Detalle de una diatomea encontrada en la ceniza de la erupción de Oruanui

Diatomea entre partículas de ceniza volcánica

Hace apenas unos días, un grupo de investigadores británicos, de la Universidad de Sheffield, aseguraban estar plenamente convencidos de haber encontrado organismos de origen extraterrestre en nuestra atmósfera, a 27 km. de altura. Milton Wainwright, director de la investigación, afirmaba entonces que “la mayoría de las personas sostendrá que estas partículas biológicas deben, por fuerza, haberse desplazado a la estratosfera desde la Tierra, pero es sabido que una partícula del tamaño de las que hemos encontrado no puede elevarse desde la Tierra hasta alturas, por ejemplo, de 27 km. La única excepción podría deberse a una violenta erupción volcánica (que empujara a esas partículas hacia arriba), pero nada de eso ha sucedido durante los tres años en que hemos estado recogiendo muestras”.

Ahora, un equipo de la Universidad Victoria, en Nueva Zelanda, acaba de revelar cómo una erupción explosiva sucedida hace 25.000 años consiguió enviar microorganismos hasta 850 km. de distancia, un hecho que revela la existencia de un nuevo mecanismo de diseminación y evolución de la vida en la Tierra. El estudio acaba de publicarse en la revista Geology.

Diatomea encontrada en las islas Chatham

En la década de 1970, el vulcanólogo Steve Self encontró unos curiosos restos microscópicos en los depósitos de una erupción acaecida en la isla norte de Nueva Zelanda hace 25.400 años. Se trataba de fragmentos de diatomeas, un tipo de algas unicelulares que se encierran en una fina cápsula de cristal de sílice y que a menudo se encuentran como microfósiles en rocas antiguas. A lo largo de los años, la observación de Self corrió de boca en boca entre los geólogos, casi como un rumor, hasta llegar a Alexa Van Eaton, una estudiante de doctorado en el laboratorio de Colin Wilson, profesor de la Universidad Victoria en Wellington (Nueva Zelanda).

Para Van Eaton, aquella observación nunca corroborada de que los volcanes podrían dispersar microorganismos a enormes distancias durante las erupciones abría un jugoso campo de investigación para su tesis doctoral. “Coincidía que teníamos a Margaret Harper, una experta mundial en las diatomeas de Nueva Zelanda, así que era un conjunto de circunstancias afortunadas”, relata la investigadora.

La capacidad de los microorganismos de volar con el viento a lugares lejanoses algo ya conocido. “Hay muchos ejemplos”, señala Van Eaton. “Uno de los primeros fue documentado a mediados del siglo XIX porCharles Darwin, quien encontró diatomeas de agua dulce pegadas a las velas del HMS Beagle en el océano Atlántico, y concluyó que llegaban allí con la brisa”. El pasado año, investigadores de EE.UU. probaron que las corrientes de aire a través del Pacífico transportan miles de especies de bacterias desde Asia hasta Norteamérica, demostrando así que la dispersión del llamado aeroplancton alcanza proporciones intercontinentales. Con todos estos datos en la mano, Van Eaton se planteó buscar posibles restos fósiles en depósitos volcánicos a gran distancia de la fuente original.

La supererupción del Taupo

Para ello eligió el mismo evento investigado por Self, la supererupción de Oruanui del volcán Taupo. La elección no es casual: esta erupción explosiva, la mayor ocurrida en el planeta en los últimos 70.000 años, fue de las llamadas húmedas, ya que se produjo bajo las aguas del lago Huka. Como consecuencia, los expertos estiman que el Taupo inyectó una gran cantidad de material volcánico mezclado con agua y plancton hasta la estratosfera, a una altura de 30 kilómetros. Curiosamente, el mismo rango de distancias en las que Wainwright encontró sus supuestos “organismos extraterrestres”.

Van Eaton y su equipo recogieron 22 muestras de depósitos de la explosión del volcán en 11 localizaciones diferentes, hasta una distancia de 850 kilómetros en islas próximas. Y tras el análisis, lograron identificar más de 300 restos de valvas de diatomeas de agua dulce en cada muestra, concluyendo que la erupción dispersó un volumen aproximado de 600 millones de metros cúbicos de estas algas, similar a la cantidad de magma arrojada por el monte Santa Helena en 1980.

Para verificar sus resultados, tomaron muestras de estratos por encima y por debajo del de la erupción y comprobaron que las especies de diatomeas eran diferentes, pero que las del material eruptivo coincidían con las encontradas en los depósitos volcánicos del propio lago. Además, en los sedimentos distantes encontraron una especie, Cyclostephanos novaezeelandiae, que es endémica en la isla norte de Nueva Zelanda.

“Hasta donde sabemos, es el primer estudio que vincula de forma convincente la dispersión de microbios con una erupción volcánica”, concluye Van Eaton. Pero para que su trabajo tenga un interés biológico además del geológico, la investigadora es consciente de que sería necesario demostrar que las diatomeas pueden sobrevivir a estos viajes volcánicos, algo difícil de probar.

“Calor extremo en la erupción, luego frío extremo en las capas altas de la atmósfera, desecación y exposición a radiación ultravioleta… Todo esto sería bastante desagradable para la mayoría de las diatomeas”, reflexiona. “Alguna podría sobrevivir, y ¿cuántos pioneros necesitas para una nueva colonia? Aún así, es más probable que las células latentes de las diatomeas u otros microbios asociados, como bacterias dentro de las envolturas, pudieran sobrevivir en número suficiente”.

Vida extrema

Las implicaciones del estudio van más allá si se tiene en cuenta que existen microbios llamados termófilos extremos capaces de crecer en entornos volcánicos, por lo que la dispersión a través de todo tipo de erupciones, no solamente las húmedas, podría haber desempeñado un papel importante en la diseminación y posterior evolución de la vida en la Tierra temprana.

“Por qué no”, especula Van Eaton. “Podría ocurrir en cualquier ambiente volcánico”. Es más: ciertas teorías apuntan que la vida en la Tierra podría haber nacido en las fumarolas hidrotermales oceánicas. “En este caso el mecanismo primordial de dispersión serían las corrientes marinas”, razona la geóloga. “Pero las erupciones pueden haber contribuido en cierto grado; es una idea interesante”.

Desde el punto de vista de los vulcanólogos, el trabajo servirá como modelo para reconstruir otras erupciones históricas mediante el estudio de esta firma biológica que permite identificar la procedencia de los depósitos. Mientras, Van Eaton explora ahora antiguas erupciones en la cordillera norteamericana de Cascadey en Alaska en busca de nuevos microfósiles, al tiempo que sus colaboradores del Instituto Tecnológico de Georgia analizan los fragmentos de diatomeas de Nueva Zelanda a la caza de posibles restos de bacterias. “Quién sabe qué más puede aparecer”, aventura.

Mapa de la isla norte de Nueva Zelanda con la antigua ubicación del lago Huka, donde se produjo la erupción de Oruanui, y la posición actual de la caldera del volcán Taupo. La línea punteada marca el alcance de los materiales arrojados por la erupción con un tamaño mayor de 10 centímetros

Erupciones volcánicas y «organismos extraterrestres» – ABC.es.

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Viaje matemático al centro de la Tierra

Un modelo informático ha servido a un grupo de investigadores para simular el extraño comportamiento del núcleo terrestre, una bola de hierro a 5.000 kilómetros de profundidad

Estructura de la Tierra. Univ. Chicago

El núcleo interno de la Tierra (en rojo) rota hacia el este

En 1692 el astrónomo inglés Edmond Halley, el descubridor del cometa, observó que el campo magnético terrestre se desplazaba hacia el oeste. Desconcertado por el fenómeno, intuyó que la explicación se encontraba en la estructura interna de la Tierra. Propuso entonces que nuestro mundo estaba formado por un núcleo macizo englobado por tres esferas huecas concéntricas, cuyos diferentes polos magnéticos y velocidades de rotación causaban la misteriosa deriva magnética hacia poniente.

Aunque la hipótesis de la Tierra hueca, que tanto juego ha repartido en el género de la ciencia ficción, fue desacreditada ya hace siglos, las observaciones de Halley eran correctas, como lo fue su intuición de que la razón estaba relacionada con la rotación de los elementos presentes a miles de kilómetros bajo nuestros pies.

Hoy sabemos que el núcleo terrestre es una bola sólida de hierro, de un diámetro similar a la Luna, bañada en una capa externa de aleación de hierro fundido del tamaño de Marte. Este fluido actúa como una especie de lubricante quepermite al núcleo interno moverse libremente respecto al resto del planeta.

Investigando cómo las ondas sísmicas se mueven a través del núcleo, los científicos descubrieron a finales del siglo XX que el núcleo interno sólido gira en dirección este, como la Tierra, pero a una velocidad ligeramente mayor. Sin embargo, hasta ahora no se ha determinado con precisión cómo es el movimiento del núcleo externo, la capa fluida, ni cómo esta dinámica del “hueso” central del planeta se relaciona con el campo magnético terrestre, creado por un efecto dinamo debido a las corrientes del núcleo externo.

Por desgracia, los viajes al centro de la Tierra para estudiar estos fenómenos in situ son técnicamente imposibles. La tecnología del ser humano apenas ha logrado arañar la cáscara del planeta, y eso por no hablar de las inmensas presiones y temperaturas que un hipotético “tierranauta” debería soportar. Los científicos deben limitarse a métodos indirectos, para lo cual los modelos matemáticos son de gran ayuda.

Gracias al supercomputador Monte Rosa situado en Lugano (Suiza), investigadores de la Universidad de Leeds (Reino Unido) y del Instituto Tecnológico Federal Suizo han desarrollado el modelo más completo jamás diseñado, capaz de simular la dinámica del núcleo terrestre con una precisión cien veces superior a lo conseguido hasta la fecha.

Los resultados, publicados en la revista PNAS, confirman que el núcleo interno se mueve en superrotación hacia el este, pero el externo gira hacia el oeste a menor velocidad. Según Philip Livermore, coautor del estudio, “el vínculo se explica simplemente en términos de acción igual y opuesta; el campo magnético empuja hacia el este en el núcleo interno, haciéndolo girar más rápido que la Tierra, pero también empuja en la dirección opuesta en el núcleo externo líquido, lo que causa un movimiento hacia el oeste”.

En resumen, lo que está en juego es un delicado y complejo juego de fuerzas. Las corrientes de convección en el núcleo externo crean el campo magnético de la Tierra, que nos protege de la radiación cósmica. Este campo induce una fuerza que empuja las dos capas del núcleo en direcciones opuestas, y a su vez el resultado de estos movimientos hace que el campo magnético se desplace.

Sin embargo, el comportamiento de la bola de hierro sumergida en metal fundido a 5.000 kilómetros de profundidad es aún más extraño y caprichoso de lo que se creía. Otro estudio publicado en mayo de este año en la revista Nature Geosciencedesveló que el núcleo interno no siempre gira a la misma velocidad. Como promedio, avanza entre un cuarto de grado y medio grado de circunferencia al año respecto a la superficie de la Tierra, pero no lo hace uniformemente, sino alternando acelerones y frenazos: en la década de los 70 del siglo pasado giró más deprisa, se frenó en los 80 y volvió a acelerar en los 90.

Variaciones del campo magnético

Según Livermore y sus colaboradores, la clave está en las variaciones en el campo magnético, que hacen fluctuar la fuerza electromagnética que empuja el núcleo. La Tierra no es un imán constante, como han demostrado los análisis de rocas antiguas. A pesar de lo observado por Halley, el campo magnético no siempre se ha desplazado hacia el oeste, sino que durante al menos los últimos 3.000 años ha habido periodos de deriva al este.Livermore aventura que tales casos se corresponden con épocas en las que el núcleo interno giraba en dirección contraria a la actual, hacia el oeste.

Son muchas las incógnitas que quedan por resolver sobre la estructura y dinámica del interior de nuestro planeta. De acuerdo a Rich Muller, especialista en geodinámica de la Universidad de Berkeley (EEUU), “sabemos más de la superficie del Sol que de la Tierra profunda. Es en su mayor parte un misterio”.

Viaje matemático al centro de la Tierra – ABC.es.

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El volcán más grande del mundo yace en el fondo del Pacífico | EL PAÍS

Geólogos anuncian el descubrimiento de una formación tan grande como las Islas Británicas

El estudio, publicado en Nature Geoscience, describe el Macizo Tamu, hundido al este de Japón

La gran montaña compite con el Monte Olimpo de Marte, el mayor del Sistema Solar

Imagen aportada en el artículo sobre el Macizo Tamu, un volcán submarino en el Pacífico, en el que se compara su tamaño con el del Monte Olimpo, en Marte.

Un equipo de geólogos asegura haber descubierto el volcán más grande del mundo en el fondo del océano Pacífico. El Macizo Tamu, de 310.000 kilómetros cuadrados, podría competir en tamaño con otros del Sistema Solar, según un estadio publicado en Nature Geoscience

El volcán es parte de Shatsky, una meseta profunda en el suelo del Pacífico situada a unos 1.600 kilómetros al este de Japón, añadieron los autores del trabajo, que está firmado por el estadounidense Willam W. Sager y colaboradores.

El volcán consta de una sola e inmensa cúpula redondeada en forma de escudo, formado por lava endurecida procedente de una erupción de hace aproximadamente 144 millones de años. Cubre alrededor de 310.000 kilómetros cuadrados (un área equivalente a Reino Unido e Irlanda) y alcanza en altura de 3,5 kilómetros bajo el nivel del mar. “Compite con el Monte Olimpo, en Marte, el volcán más grande del Sistema Solar”, aseguraran los investigadores. Y añaden: “A pesar de que el Monte Olimpo parece ser gigante, ya que tiene más de 20 kilómetros de altura, su volumen es de un 25 por ciento más grande. El Monte Olímpo, además, tiene raíces poco profundas, mientras que Tamu se adentra unos 30 kilómetros en la corteza terrestre”.

Los investigadores habían creído hasta ahora que el Macizo Tamu era un vasto sistema de varios volcanes, del tipo que existe en una docena de lugares en todo el planeta.

La constatación de que se trataba de un solo volcán de tamaño verdaderamente gigantesco sólo salió a la luz cuando el equipo, dirigido por Sager, de la Universidad A & M de Tejas, realizó una revisión. Se reunieron datos de muestras de rocas, tomadas de un proyecto de perforación del suelo oceánico, y un plano del fondo del mar proporcionado por escáneres sísmicos de alta profundidad a bordo de un barco de investigación.

Megaformaciones en todo el Sistema Solar

En su conjunto, los resultados sugieren que los megavolcanes que se encuentran en otras partes del Sistema Solar tienen primos en la Tierra, asegura el documento. “El tipo de volcanes terrestres es poco conocida ya que estos monstruos han encontrado un lugar mejor para ocultarse: bajo el mar “, argumenta el artículo.

En un intercambio de correos electrónicos con AFP, Sager dijo que parecía poco probable que el MacizoTamu estuviese activo. “La conclusión es que pensamos que Tamu se formó en un periodo breve (geológicamente hablando) de uno a varios millones de años y se ha mantenido extinguido desde entonces”, dijo.

“Un punto de vista interesante es que había un montón de mesetas oceánicas que entraron en erupción durante el período Cretácico (hace 145-65 milliones de años), pero que no se han visto desde entonces. A los científicos le gustaría saber por qué”.

Otros leviatanes volcánicos podrían estar al acecho entre la docena de grandes mesetas oceánicas en todo el mundo, pensó el investigador principal.

“No tenemos los datos para explorarles y conocer su estructura, pero no me sorprendería descubrir que hay más como Tamu por ahí. De hecho, la mayor meseta oceánica terrestre es Ontong Java, cerca del Ecuador en el Pacífico, al este de las Islas Salomón. que es mucho más grande que Tamu. Es del tamaño de Francia. “

El nombre proviene de Texas A & M University, donde Sager enseñó durante 29 años antes de trasladarse a la Universidad de Houston este año, explicó.

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El gran cañón de Groenlandia

La capa de hielo oculta el curso de un antiguo río de 750 kilómetros

Recreación del curso del cañón en Groenlandia. / J. BAMBER (SCIENCE)

Bajo la capa de hielos permanentes de Groenlandia, modernas mediciones han encontrado un gran cañón de 750 kilómetros que va del centro de la isla al noroeste. Es una longitud que duplica la del Gran Cañón de Colorado. La huella del antiguo río tiene una anchura de 10 kilómetros y una profundidad de 800 metros.

Los investigadores dirigidos por Giorgio Spada, de la Universidad de Urbino, afirman en Science que la huella es tan antigua que no puede corresponderse con la dejada por un glaciar. Tampoco su profundidad (hasta 2 kilómetros bajo a capa helada) se correspondería con esa suposición.

Otro efecto de este hallazgo es que puede servir de sumidero natural para la fusión del hielo profundo. Por eso en Groenlandia no se localizan lagos subterráneos como en la Antártida, explican.

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