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Los siete cráneos ocultos de la evolución humana

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Juan Luis Arsuaga sostiene un fragmento de uno de los cráneos humanos hallados en Atapuerca. JAVIER TRUEBA

El eminente paleontólogo y estudioso de la evolución Stephen Jay Gould -fallecido en 2002- resumía el avance de las especies y los procesos que esculpen la geología del planeta con una simple frase cargada de significado: «La historia de cualquier parte aislada de la tierra, como la de cualquier soldado, consiste en». La paleontología es la ciencia que mejor ha sabido percibir tanto los larguísimos lapsos de tiempo de aburrimiento como las alocadas carreras por la evolución que se viven en las épocas de terror. Es lo que indica en la mayoría de los casos el registro fósil. Las especies se mantienen largos periodos de tiempo estables hasta que un cambio en el clima, en la orografía del terreno o en los organismos que comparten el entorno ecológico dispara el motor de la evolución a través de la necesidad de adaptación a las nuevas circunstancias. La estabilidad corresponde a los infinitos periodos de aburrida espera en la trinchera, mientras que los cambios ambientales extienden el terror entre las formas de vida que han de huir hacia delante por los caminos de la evolución para permanecer en el mismo sitio, como en la llamada hipótesis de la Reina Roja, enunciada en 1973 por el biólogo Leigh Van Valen basándose en la segunda parte del cuento de Lewis Carrol ‘Alicia en el país de las Maravillas’. En el relato, los habitantes tienen que correr cada vez más deprisa para permanecer en el mismo lugar. Según Van Valen, los organismos acompañan al ambiente en el que habitan, pero un paso por detrás, ligeramente mal adaptados y sin alcanzar jamás su meta.

El eminente paleontólogo y estudioso de la evolución Stephen Jay Gould -fallecido en 2002- resumía el avance de las especies y los procesos que esculpen la geología del planeta con una simple frase cargada de significado: «La historia de cualquier parte aislada de la tierra, como la de cualquier soldado, consiste en largos periodos de aburrimiento y breves periodos de terror». La paleontología es la ciencia que mejor ha sabido percibir tanto los larguísimos lapsos de tiempo de aburrimiento como las alocadas carreras por la evolución que se viven en las épocas de terror. Es lo que indica en la mayoría de los casos el registro fósil. Las especies se mantienen largos periodos de tiempo estables hasta que un cambio en el clima, en la orografía del terreno o en los organismos que comparten el entorno ecológico dispara el motor de la evolución a través de la necesidad de adaptación a las nuevas circunstancias. La estabilidad corresponde a los infinitos periodos de aburrida espera en la trinchera, mientras que los cambios ambientales extienden el terror entre las formas de vida que han de huir hacia delante por los caminos de la evolución para permanecer en el mismo sitio, como en la llamada hipótesis de la Reina Roja, enunciada en 1973 por el biólogo Leigh Van Valen basándose en la segunda parte del cuento de Lewis Carrol ‘Alicia en el país de las Maravillas’. En el relato, los habitantes tienen que correr cada vez más deprisa para permanecer en el mismo lugar. Según Van Valen, los organismos acompañan al ambiente en el que habitan, pero un paso por detrás, ligeramente mal adaptados y sin alcanzar jamás su meta.

El yacimiento de Atapuerca (Burgos), una referencia mundial indiscutible para el estudio de la evolución humana, acaba de aportar un verdadero tesoro paleontológico que apoya las teorías esbozadas por Gould, Van Valen y tantos otros evolucionistas. El análisis de 17 cráneos de homínidos -siete de ellos nuevos para la ciencia- de hace 430.000 años ha permitido a los investigadores, liderados por el codirector de Atapuerca Juan Luis Arsuaga, avanzar en el conocimiento de cómo se produjo la evolución de los neandertales. Y las conclusiones del trabajo, recién publicado por la revista científica Science, apuntan precisamente a que ésta se produjo de forma escalonada, en etapas, y no como un proceso continuo e imparable, tal y como propuso el propio padre de la Teoría de la Evolución Charles Darwin y defienden a capa y espada los llamados neodarwinistas, que tuvo en los padres de la Teoría Sintética, como los genetistas Theodosius Dobzhansky y John B. S. Haldane o el biólogo Ernst Mayr, a sus máximos exponentes. En los años 70, Gould y Niles Eldredge plantearon la teoría del equilibrio puntuado, según la cual las especies pueden evolucionar gracias a grandes y rápidas reordenaciones de su genoma. «Es más fácil subir los peldaños de una escalera que empujar un cilindro por la cuesta arriba de la Historia de la Vida», decían.

Los restos humanos de estos hombres de la Sima -como se han llamado por haber sido hallados en la Sima de los Huesos de la Sierra de Atapuerca y a la espera de que la comunidad científica acuerde si pertenece a alguna especie ya conocida o supone una en sí misma- tienen características definitivamente neandertales, como la cara, la mandíbula y la articulación de ésta con el cráneo, pero rasgos mucho más primitivos en el resto del esqueleto craneal. Hay que recordar en este punto que entre los neandertales clásicos estudiados por paleontólogos y antropólogos (‘Homo neanderthalensis’) y los hombres de la sima hay 200.000 años de diferencia. ¿Qué supone esto? Que estos homínidos pertenecen a la estirpe de los neandertales y que la evolución del linaje a lo algo de varios cientos de miles de años ocurrió en mosaico -como la definen los autores del trabajo- afectando de forma escalonada a diferentes regiones de la anatomía y no a todos los rasgos al mismo tiempo.

Cráneo 17 de los encontrados en la Sima de los Huesos del yacimiento de Atapuerca. JAVIER TRUEBA

«Para entender la morfología craneal de los neandertales se han apuntado hacia varias hipótesis, una es que se debe a deriva genética, es decir al azar. Pero yo creo que hay que buscar una explicación funcional», asegura a EL MUNDO Juan Luis Arsuaga, investigador principal de la investigación recién publicada en ‘Science’. Ralph Quam, del Departamento de Antropología del Museo de Historia Natural de Nueva York, comparte el mismo punto de vista. «Debido al complejo juego de características faciales, parece un mejor candidato para representar una adaptación, que para ser algo que ocurrió de forma aleatoria por deriva genética. Estamos actualmente trabajando en esto, pero creemos que existen implicaciones funcionales», explica Quam.

«Estos homínidos vivieron épocas glaciales, por lo que hay quien piensa que sus anchas caras y grandes cavidades nasales pudieron ser una adaptación al frío para calentar el aire que pasa a los pulmones o la sangre que va al cerebro por la carótida. Pero en la meseta castellana no hace tanto frío como en el clima ártico del norte de Europa», explica. Aunque pertenece al terreno de las especulaciones y no figura en el trabajo, para Juan Luis Arsuaga la especialización del esqueleto facial podría deberse al uso de la dentición anterior -de los dientes y colmillos- como herramienta. «La dentición posterior, las muelas, no son muy grandes, por lo que no creo que tenga que ver con la trituración. Pero esta morfología de la cara reduciría el estrés biomecánico provocado al usar los dientes como una herramienta más, además de las manos», explica el investigador. De modo que las mandíbulas y caras de los neandertales pudieron ser un sistema de ingeniería que evitaba que la tensión ejercida con los dientes no se concentrase en la cara y se disipase. La adaptación tuvo éxito y la Selección Natural hizo que quedase como rasgo distintivo de los neandertales hasta su extinción hace cerca de 30.000 años. Pero no sucedió lo mismo con el esqueleto craneal, que fue ganando volumen cerebral, hasta varias decenas de miles de años después.

Otra de las pequeñas revoluciones que supone este último hallazgo en Atapuerca es precisamente que por primera vez se ha analizado una población entera, lo que permite extraer conclusiones a escala poblacional, sin tener la incertidumbre provocada por los hallazgos puntuales y aislados. «Con los 17 cráneos que hemos encontradoes posible por primera vez caracterizar la morfología craneal de una población humana europea del Pleistoceno Medio», asegura Ignacio Martínez, profesor de Paleontología de la Universidad de Alcalá y coautor de la investigación. «Hace más de 400.000 años, había mucha más diversidad geográfica de lo que se pensaba», explica Arsuaga. «Hoy en día, sólo existe una población de ‘Homo sapiens’, pero eso no siempre ha sido así. En el Pleistoceno si recorrías Europa encontrabas una gran variación entre poblaciones», dice el investigador.

Hace cerca de medio millón de años, los humanos primitivos se separaron evolutivamente de otros grupos de homínidos con los que convivían en esa época en África y en el este de Asia. Ese grupo se asentó definitivamente en Eurasia donde la evolución fue tallando en esos individuos los caracteres distintivos que dieron lugar a los primeros neandertales (‘Homo neanderthalensis’).

Unos cientos de miles de años después, los humanos modernos (‘Homo sapiens’), que habían evolucionado en África- se asentaron también en Eurasia y el contacto produjo el cruzamiento de ambas especies, aunque no de forma completa debido a la incompatibilidad reproductiva que mostraban la mayoría de los individuos de ambas especies para hibridar con la otra. Y aún así, en algunos casos la reproducción tuvo éxito y los genes de los neandertales llegaron al patrimonio genético del ser humano de hoy en día (‘Homo sapiens sapiens’). Precisamente uno de los últimos grandes descubrimientos de los investigadores de la Sima de los Huesos fue la publicación a finales de 2013 de ADN humano de hace 400.000 años en buenas condiciones de conservación, lo que permitió compararlo con el genoma humano moderno para aportar más información al debate científico sobre la evolución del hombre.

Yacimiento de la Sima de los Huesos, Atapuerca (Burgos). JAVIER TRUEBA

De hecho, a pesar de que los paleontólogos son capaces de rastrear la estirpe de los neandertales prácticamente desde su inicio con homínidos preneandertales de hace entre 400.000 y 500.000 años, como los de Atapuerca o los de Tautavel (Francia), hasta su extinción, no sucede lo mismo con ‘Homo sapiens’. La única especie humana que ha llegado hasta la actualidad aparece en el registro fósil prácticamente como es hoy en día. No existe ningún hallazgo paleontológico que relacione a nuestra especie con otra más primitiva que ya tuviese alguna característica presente en los ‘sapiens’ y que permita reconstruir la historia evolutiva de los humanos modernos. «Al linaje del ‘Homo sapiens’ le perdemos la pista hace 200.000 años», dice Arsuaga. «Con el registro que tenemos ahora mismo, parece que aparecieron tal y como son ahora, un poco más robusto, pero prácticamente iguales. No sabemos si sus raíces se hunden hacia un punto más profundo de la evolución».

Para los expertos en Evolución Humana caben dos posibilidades: que sea una especie mucho más conservadora desde el punto de vista evolutivo o que el registro fósil esté incompleto. En todo caso, todo parece indicar que la evolución no es un proceso aburrido, de cambio constante y paulatino, como defienden los partidarios de la Teoría Sintética, sino algo mucho más parecido a lo que proponían Gould y Eldredge, quienes también dejaban espacio para los rasgos surgidos de forma coyuntural y no necesariamente motivadas por un fin adaptativo, como defendían los neodarwinistas. De hecho, el propio Gould llegó, junto con el biólogo evolutivo Richard Lewontin, a ridiculizar los argumentos extremos de sus rivales intelectuales utilizando una divertida metáfora literaria. La idea del filósofo Gottfried Leibniz de que vivimos en el mejor de los mundos posibles atormentaba al doctor Pangloss, uno de los protagonistas de la obra ‘Cándido’, de Voltaire. Llevada al extremo en un personaje de ficción, esta percepción conduce al doctor a pensar que no hay efecto sin causa y, por lo tanto, todo existe porque tiene un propósito específico. En la obra del ilustrado Voltaire, Cándido y el doctor Pangloss regresaban a Lisboa en barco cuando un tercer personaje llamado Jacobo cae por la borda. Cándido se dispone a lanzarse al agua para salvarlo. En ese momento, Pangloss detiene a Cándido porque, según él, la bahía de Lisboa está allí para que Jacobo se ahogue en ella. Un ejemplo claro del pensamiento panglossiano aplicado a la evolución sería que la nariz y las orejas están en nuestra cara porque tienen la función de sujetar las gafas. El peso de la aportación científica de Charles Darwin es tan grande que muchos investigadores buscan el fin adaptativo en el último de los rasgos de cualquier forma de vida. Stephen Jay Gould y Richard Lewontin bautizaron esta deformación del darwinismo como el Paradigma Panglossiano. Nada más lejos de la complejidad que refleja la historia evolutiva del ser humano.

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‘El origen de la ética no es Dios, sino los simios’


 

ENTREVISTA Frans de Waal, primatólogo

En el Laboratorio Yerkes de Primates, dirigido por Frans de Waal, vive Peony, una vieja chimpancé que padece artritis. En sus peores días, los dolores que sufre la simia anciana son tan fuertes que apenas puede caminar por las instalaciones de este centropionero de investigación primatológica en Atlanta (EEUU). Pero Peony siempre encuentra una mano amiga dispuesta a ayudarla. Otras hembras más jóvenes, incluso aunque no sean parientes suyas, le ayudan a trepar para conseguir comida, o le llevan agua de una fuente en una impresionante muestra de solidaridad hacia los más débiles en la sociedad chimpancé. Éste es sólo uno de los muchos ejemplos que presenta De Waal en su nuevo libro, El bonobo y los diez mandamientos (ed. Tusquets), para demostrar que la ética humana hunde sus raíces en nuestro pasado primate.

Frente a la imagen clásica de la «ley de la jungla» como una lucha brutal por la supervivencia dominada por una violencia salvaje sin piedad, De Waal demuestra que la empatía y la cooperación están muy presentes no sólo en las manadas de grandes simios, sino incluso en los elefantes, los delfines y muchas otras especies. Tras décadas observando de cerca a nuestros parientes más cercanos, el primatólogo holandés está convencido de que el origen de la ética no hay que buscarlo ni en las sagradas escrituras, ni tampoco en la razón pura de la filosofía kantiana, sino en los antepasados comunes que compartimos con los chimpancés y los bonobos. Ayer, De Waal presentó su libro en el Zoo de Barcelona y mantuvo este diálogo en exclusiva con EL MUNDO.

Pregunta.- ¿Hasta qué punto existe una ética simia? ¿Tienen los bonobos y los chimpancés sus propios «mandamientos»?

Respuesta.- Bueno, tampoco debemos exagerar. Yo no diría que entre los simios existe la ética, porque cuando hablamos de un comportamiento moral o ético en humanos, nos referimos a ciertas capacidades de razonamiento abstracto que no poseen los chimpancés o los bonobos. Pero lo que sí observamos en los simios son tendencias afectivas que yo considero los cimientos fundamentales de la ética humana.

P.- ¿Por ejemplo?

R.- En primer lugar, la empatía, el sentimiento clave que nos hace interesarnos por los demás, ponernos en su piel y comportarnos de manera altruista. Si nos importara un bledo el bienestar de otras personas, ¿para qué tendríamos la ética? Lo mismo podemos decir de la reciprocidad y el rechazo frente a un reparto injusto de recursos, que también podemos observar en los simios. Aunque ellos no son capaces de articular un sistema coherente de principios morales, su comportamiento refleja todas las emociones fundamentales en las que se basa la ética humana.

P.- ¿Lo que nos diferencia, entonces, es sólo la capacidad para el pensamiento abstracto?

R.- Sí, la diferencia fundamental es que nosotros debatimos sobre nuestras decisiones morales y nuestras normas éticas, para justificarlas e intentar alcanzar un consenso sobre cómo debemos comportarnos en nuestra sociedad. Además, a los simios fundamentalmente les interesan sus relaciones personales con otros individuos, pero apenas tienen conciencia del bienestar de toda la comunidad, algo muy importante en la ética humana.

P.- Los filósofos de la ética generalmente no saben absolutamente nada de primatología. ¿Cree que deberían empezar a tomarse en serio los estudios sobre simios?

R.- La mayoría de los filósofos de la ética son kantianos, y consideran que los principios morales vienen dictados por la «razón pura». Pero lo que nos sugieren las investigaciones con primates es lo contrario: en realidad, poseemos ciertas tendencias afectivas compartidas con los simios que nos impulsan hacia la empatía y la cooperación, y posteriormente racionalizamos estas intuiciones con normas éticas o religiosas.

P.- Lo que usted ha comprobado es que la «ley de la selva» es mucho más que una lucha brutal por la supervivencia, ¿no?

R.- Por supuesto. Cuando la gente habla de la «ley de la jungla», se refiere a una competición feroz en la que ganan los fuertes y pierden los débiles. Pero ésta es una idea muy anticuada, porque presupone que en el reino animal, cada individuo lucha única y exclusivamente por sus propios intereses. Pero esto es falso. Muchos animales -como los elefantes, los delfines y los primates- viven en grupos porque tienen mayor éxito cooperando y uniendo sus esfuerzos que solos. De hecho, fuera del grupo son muy vulnerables y no suelen sobrevivir durante mucho tiempo sin apoyo social. Eso significa que necesitan cooperar y sacrificarse por el grupo del que dependen para sobrevivir. Lo mismo es cierto de los humanos.

P.- El comportamiento ético, en este sentido, es algo mucho más antiguo que la religión. ¿Cree que no tenemos ninguna necesidad de creer en Dios para ser buenas personas?

R.- Está claro que la ética es más antigua que la religión, al menos más antigua que todas las religiones actuales, de entre 2.000 y 4.000 años de antigüedad. Estoy convencido de que las sociedades humanas tenían normas éticas mucho antes, porque de hecho las semillas del comportamiento moral ya pueden observarse en los demás primates. La pregunta, entonces, es qué añade la religión a estos cimientos fundamentales de la ética. Yo creo que aporta un relato que ayuda a justificar y dar forma a las normas morales. Esto es precisamente lo que consiguen las historias que contiene la Biblia. La religión, por tanto, es un sistema que sirve de apoyo a una ética preexistente, pero desde luego no es su origen.

P.- Entonces, si la ética precede a la religión, y es independiente de ella, ¿podemos deshacernos de la fe y construir una ética sin necesidad de recurrir a la idea de Dios?

R.- No es fácil responder a esta pregunta, porque hoy vivimos en sociedades muy grandes. El sistema habitual con el que se mantiene el comportamiento ético en grupos de primates es vigilar a todo el mundo. Yo te vigilo a ti, tú me vigilas a mí, y así procuramos mantener nuestras reputaciones. Esto funciona bastante bien en grupos relativamente pequeños, pero no cuando el numero asciende a miles o millones, este sistema no se sostiene porque hay demasiada anonimidad. Por eso pienso que la religión surgió para vigilar e imponer el comportamiento ético en sociedades grandes en las que el contacto entre individuos ya no era suficiente para lograr este objetivo.

P.- Entonces, frente a ateos militantes como Richard Dawkins, ¿cree que la religión sigue teniendo una función social importante para promover el comportamiento ético?

R.- Lo que me llama la atención es que la religión existe en todas las sociedades humanas, y por tanto cómo biólogo creo que debe tener alguna función útil. Si los ateos militantes tuvieran razón, y la religión fuera algo totalmente pernicioso, dudo mucho que existiera en todas las sociedades del mundo. Si sigue existiendo en todo el planeta, estoy convencido de que debe aportar beneficios, y yo creo que tiene un papel para reforzar las normas morales en grandes sociedades. Los experimentos políticos en los que se ha intentado extirpar la religión, como los que se impulsaron Stalin, Mao o Pol Pot, no dieron muy buenos resultados. No digo que eso demuestre que la religión es imprescindible, pero creo que debemos ser cautelosos en este terreno. No estoy seguro de que las normas éticas en nuestras actuales sociedades inmensas se mantendrían sin ayuda de la religión.

ENTREVISTA Frans de Waal, primatólogo

‘El origen de la ética no es Dios, sino los simios’ | Ciencia | EL MUNDO.

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La base genética de la evolución del cuerpo de los humanos | EL PAÍS

Los reguladores del ADN nos distinguen de neandertales y denisovanos

 

Excavación en la cueva de Denisova (Rusia). / INSTITUTO MAX PLANCK

Las diferencias genéticas importantes no solo están en la secuencia de ADN (gcttaatgc…), sino también en otras cosas que se pegan encima de ella (modificaciones epigenéticas, encima de los genes). Científicos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, el Instituto Max Planck de Leipzig y las universidades de Oviedo y Cantabria han reconstruido por primera vez los mapas epigenéticos de los neandertales y los denisovanos, y los han comparado con los humanos modernos. Hay 2.000 regiones genómicas diferentes, entre ellas las que albergan a los genes Hox que organizan el cuerpo de todos los animales, lo que explica las diferencias morfológicas entre los tres grupos de humanos.

Los investigadores han utilizado los genomas de alta calidad obtenidos de los huesos fósiles de dos mujeres —llamarlas hembras resulta algo chocante— que vivieron hace unos 50.000 años: una neandertal y una denisovana. Esta última especie se ha definido en años recientes a partir de su ADN fósil, y apenas se sabe nada de su morfología ni de su extensión geográfica. La gran innovación del estudio es que los científicos han encontrado una forma de deducir las pautas de activación genética de esas dos especies.

Una de las principales modificaciones epigenéticas es la adición de un grupo metilo (-CH3, un átomo de carbono y tres de hidrógeno) a una de las letras del ADN (la c, o citosina). Esta actividad de metilación nació evolutivamente como un sistema para inactivar a los transposones, antiguos genomas de virus que han perdido su capacidad infectiva pero conservan la de moverse de un sitio a otro por el genoma.

La metilación sirve hoy además para inactivar grandes tramos de ADN humano

La metilación sirve hoy además para inactivar grandes tramos de ADN humano, incluida la totalidad de un cromosoma X en las mujeres (las hembras tienen dos, o XX, mientras que los machos solo tienen uno, o XY). Los humanos empezamos el desarrollo con la mayoría d los genesabiertos, y el desarrollo del embrión implica la desactivación progresiva de unos genes u otros en cada zona del cuerpo.

Los patrones de metilación son idénticos al 99% entre los humanos modernos y las dos especies antiguas. Los diamantes residen en el 1% restante, y las joyas de la corona son dos genes Hox cuyo patrón de actividad difiere netamente entre las especies antiguas y la moderna. Estos genes forman filas en el genoma (del Hox1 al Hox13), y definen zonas igualmente consecutivas del cuerpo. Por ejemplo, cabeza, cuello, dorsales, lumbares y demás; u hombro, brazo, antebrazo, muñeca, palma de la mano y dedos.

Los cambios de metilación en esos dos genes Hox se corresponden con las diferencias morfológicas entre los humanos antiguos y modernos, como la longitud del fémur, el tamaño de las manos y los dedos y la anchura de los codos y las rodillas.

¿Podremos deducir algún día todas las características de una especie partiendo solo de su genoma? Todo indica que sí.

La base genética de la evolución del cuerpo de los humanos | Sociedad | EL PAÍS.

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Homo habilis, un enigma 50 años después – ABC.es

El anuncio del hallazgo de unos extraños restos en abril de 1964 revolucionó el campo de la evolución humana y generó preguntas que se mantienen hoy en día

Fue uno de esos grandes descubrimientos que han marcado la historia de la paleoantropología y, por añadidura, la del ser humano. Era abril de 1964 cuando el paleontólogo británico Louis Leakey y su equipo, en el que se encontraba su esposa, Mary Leakey, encontraron una serie de fósiles en el Gran Valle del Rift, en Tanzania, que catalogaron como una nueva especie dentro de nuestro propio género. Se llamó Homo habilis. Según explica el paleontólogo Bernad Wood, de la Universidad George Washington, en un comentario en la revista Nature, el descubrimiento cambió la búsqueda de los primeros seres humanos desde Asia a África e inició una polémica que perdura hasta nuestros días. Según explica, incluso con toda la evidencia fósil y las técnicas de análisis de los últimos 50 años, una hipótesis convincente para el origen del Homo sigue siendo difícil de alcanzar.

En 1960, la rama del árbol de la vida que contiene a los homínidos -los seres humanos modernos, sus antepasados y primates como los chimpancés y los bonobos- parecía sencilla. En su base estaba elAustralopithecus, el hombre-mono que los paleoantropólogos han recuperado en el África austral desde 1920. Después llegó de Asia el Homo erectus, que se extendió a Europa y evolucionó en los neandertales y el Homo sapiens. Pero no quedaba claro qué había entre los australopitecos y el Homo erectus, el primer humano conocido.

Hasta la década de los 60, restos del erectus solo habían aparecido en Asia. Pero cuando Leakey encontró unas primitivas herramientas de piedra en la Garganta de Olduvai, en Tanzania, pensó que tal vez los primeros humanos se originaron en África.

Wood explica que hallar al Homo habilis fue toda una odisea. Las excavaciones en Olduvai empezaron 33 años antes del anuncio del hallazgo, en 1931, y el equipo tuvo que enfrentarse a todo tipo de dificultades naturales, incluidos los leones. Primero encontraron dos dientes de homínidos, pero eran de leche y difíciles de clasificar. Pero en el 59, Mary Leakey recuperó el cráneo de un adulto joven. El espécimen era muy extraño: cerebro pequeño, cara grande , dientes diminutos… Aparentemente, nada que ver con el H. erectus. Los Leakey erigieron un nuevo género y especie, el Zinjanthropus boisei (ahora llamado Paranthropus boisei), para darle cabida.

En 1960, apareció la mandíbula inferior y la parte superior de la cabeza infantil de un homínido que definitivamente no pertenecía a la misma especie que «Zinj», y los Leakey comenzaron a sospechar que era un verdadero fabricante de herramientas. Tres años más tarde apareció un cráneo con la mandíbula superior e inferior y otro muy fragmentado, con dientes bien conservados.

Todavía una incógnita

Los investigadores que analizaron los restos llegaron a la conclusión de que se trataba de un nuevo homo, el Homo habilis. Y era un homo porque cumplía con los requisitos de una postura erguida, una marcha bípeda y la destreza con herramientas primitivas. Aunque su cerebro, ciertamente, era más pequeño (alrededor de 600 centímetros cúbicos).

Como recuerda Bernard Wood, la propuesta no fue recibida con los brazos abiertos por todo el mundo. Algunos pensaban que los fósiles eran demasiado similares al Australopithecus africanus para justificar una nueva especie. Otros investigadores admitieron que la especie era nueva. Hallazgos posteriores de Etiopía a Sudáfrica han añadido nuevos restos a la colección.

A juicio del investigador, el Homo habilis reúne unas características que no le sitúan ni en la familia de los australopitecinos ni en la de los humanos, y debe tener su propio género.

«El debate en curso acerca de los orígenes de nuestro género es parte del legado del Homo habilis. Desde mi punto de vista, la especie esdemasiado diferente al Homo erectus como para ser su antecesor inmediato, por lo que un modelo simple y lineal que explica esta etapa de la evolución humana se ve cada vez menos probable. Nuestros ancestros probablemente evolucionaron en África, pero el lugar de nacimiento de nuestro género podría estar muy lejos del Gran Valle del Rift, donde se ha encontrado la mayor parte de la evidencia fósil. Los descubrimientos icónicos de los Leakey en Olduvai deberían recordarnos lo mucho que desconocemos en lugar de todo lo que sabemos», concluye el investigador.

Homo habilis, un enigma 50 años después – ABC.es.

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Arsuaga: «Si hubiera extraterrestres, de piel para dentro serían como nosotros»

Sobre estas y otras cuestiones, los dos especialistas charlan con ABC a lo largo de una entrevista

Manuel Martín-Loeches y Juan Luis Arsuaga

Bajo el título de “El sello indeleble” (Editorial Debate) el paleontólogo Juan Luis Arsuaga y el neurocientífico Manuel Martín-Loeches abordan el problema, aún sin resolver, de qué es exactamente un ser humano. Nuestra especie, en efecto, no dispone aún de una definición científica, y son muchas las dudas que se plantean sobre las características que hacen a los humanos tan diferentes de las demás criaturas que pueblan en planeta. ¿Seguiremos evolucionando? Y si es así, ¿Hacia dónde? ¿Se ha convertido el propio ser humano en el dueño de su propia evolución? Sobre estas y otras cuestiones, los dos especialistas charlan con ABC a lo largo de una entrevista mantenida hace dos días en Madrid.

– ¿Cuál es el motivo de este libro?

Arsuaga. Sorprendentemente, la especie humana no está aún definida. Todas las especies tienen una definición y existe un ejemplar tipo, un ejemplar de referencia con el que todos los demás se tienen que comparar. Linneo escribe sobre nuestra especie, pero no hace de ella ninguna definición biológica.

Martín-Loeches. Lo que está claro, entonces, es que había que hacer esa definición. Y este libro es precisamente eso, una definición de la especie humana, hasta donde sabemos ahora. Pero es un proyecto en marcha. Se trata de intentar conocer nuestra especie desde todos los puntos de vista.

– Y ahora que el libro está hecho y todas las ideas están ordenadas, tenemos por fin una definición para la especie humana?

Arsuaga. Yo diría que es una especie muy social…

Y los insectos también…

Arsuaga. Si, pero de una manera muy diferente. Edward Wilson dice que las dos líneas evolutivas que han triunfado en la línea de la vida son, precisamente, dos líneas sociales. Que son, por un lado, los insectos sociales (que, por otra parte, representan la mayor parte de la biomasa de todos los invertebrados); y después nuestra propia especie. Son dos modelos diferentes de sociabilidad, pero los dos tienen mucho en común. Como decía Wilson, ambos modelos de evolución social son extremadamente intolerantes y belicosos, no conocen la paz y viven en una guerra permanente.

– Pero nuestra forma de sociabilidad no es la misma que tienen los insectos…

Arsuaga. No, no, ellos han seguido un modelo completamente distinto, en el que los individuos no importan. Solo importa el colectivo. Por eso es tan buen ejemplo para muchas doctrinas políticas, ideologías y hasta utopías científicas.

– Sin embargo, antes que nosotros, hubo otras criaturas, como los dinosaurios, que no eran sociales y que dominaron el planeta durante casi cien millones de años…

Martín-Loeches. Indudablemente, el modelo de especie social tuvo un desarrollo tardío. Hemos tardado en llegar…

– ¿Es entonces la sociabilidad (la de los humanos, no la de los insectos) una consecuencia inevitable de la evolución?

Arsuaga. Sólo conocemos un caso… que es el nuestro. Para contestar a eso deberíamos de conocer más ejemplos. Si en todos los planetas habitables aparece y se desarrolla una especie social, pues llegaríamos a la conclusión de que es una consecuencia inevitable. Como cosa curiosa, en las especulaciones de la ficción científica que proliferaron en los años siguientes a la segunda guerra mundial, y que reúnen a escritores como Arthur Clarke, o a novelistas que tienen mucha relación con la ciencia, como Aldous Huxley… todos ellos están comparando y enfrentando los dos modelos, el de los insectos sociales y el humano. Y algunos defendiendo que habría que desarrollar un modelo similar. El “mundo feliz” de Huxley es un modelo de castas, de insectos sociales.

-¿Piensan que la evolución sigue un programa concreto? Es decir, si hubiera un planeta con las mismas condiciones que la Tierra, ¿acabaría desarrollándose en él un ser humano?

Martín-Loeches. Creo que no. La nuestra es una especie en medio de una gran diversidad.

Arsuaga. J.B.S Haldane decía que de Dios, lo único que sabemos realmente es que le gustan los escarabajos, porque la mayor parte de los insectos son coleópteros. Pero la nuestra es una especie entre muchas otras, igual que los insectos sociales.

Yo formularía la pregunta de otra manera: Si en un planeta determinado emerge una especie inteligente, con capacidad tecnológica para viajar por el espacio, algo que, por cierto, en nuestro planeta ha tardado 3.800 millones de años en suceder, esa especie tendría que ser como nosotros? Y en ese caso yo me atrevería a decir que sí.

-Por qué?

Arsuaga. Porque creo que los rasgos esenciales de nuestra especie son necesarios para que surja una especie tecnológica. Es difícil imaginar que pueda surgir una especie así sin que exista, por ejemplo, la placenta. Me resulta difícil creer que, por ejemplo, una especie que ponga huevos pueda hacerse inteligente, porque la nuestra tiene un desarrollo muy prolongado dentro del útero materno, y eso hace que tengamos pocos hijos, o camadas muy cortas, pero con crías muy desarrolladas. No me imagino una inteligencia extraterrestre con capacidad tecnológica que vaya poniendo huevos por ahí…

Martín-Loeches. Aunque a lo mejor no es del todo inconcebible…

Arsuaga. Yo creo que sí. Resulta que la placenta ha aparecido en la evolución de nuestro planeta por lo menos quince veces, montones de veces, porque es un magnífico invento. Para ser inteligente hace falta tener un buen desarrollo antes de nacer.

– ¿Y qué hay del resto de nuestras características físicas?

Arsuaga. También son importantes… A ver. ¿Podrían los delfines desarrollar una civilización tecnológica? Cómo iban a hacerlo, si no tienen apéndices, brazos y manos… no pueden manipular objetos… Y si los desarrollaran, pues entonces se parecerían a los humanos. Conway Morris, uno de los mayores expertos sobre el origen de los organismos multicelulares, opinaba que si vinieran los extraterrestres a visitarnos serían, de piel para dentro, aunque por fuera tuvieran cuernos o verrugas, esencialmente como nosotros. O si no, no habrían conquistado el espacio. Y si son parecidos a nosotros, dice Morris, entonces mejor que no vengan…

-Entonces, además de sociabilidad, incorporamos la inteligencia a la definición de ser humano…

Martín-Loeches. Por supuesto. Sin lenguaje no se puede transmitir información.

Si consideramos la tecnología como una de las manifestaciones de la inteligencia, entonces se necesita ser sociales. Ninguna especie que conste de individuos aislados, que no sea social, podría realizar avances tecnológicos del nivel de los que nosotros tenemos ahora.

– Imaginemos que tuvieran delante, realmente, a un extraterreste. ¿Cuál sería la primera pregunta que le formularían?

Arsuaga. Yo lo tengo muy claro… haría algo muy simple. Me llevaría la mano al pecho y diría :”Yo, Juan Luis”. Y si él hace algo parecido, entonces ya está… Tiene consciencia, tiene “yo”, es como nosotros…

Martín-Loeches. Estoy de acuerdo con Juan Luis. Ese simple gesto marcaría el hecho de que hay un “yo” y un “otro” que están coexistiendo en ese mismo cerebro. Y eso marca un hito muy importante de nuestra forma de ser. De hecho, la nuestra es la única especie de la Tierra que es plenamente consciente de eso.

-Hay quien discutiría eso…

Arsuaga. Bueno, hay otras especies que están en el umbral de la consciencia, pero hasta qué punto eso es así es una discusión que nunca se resolverá. Hay estudios con delfines, por ejemplo, que indican que emiten sonidos con los que se identifican individualmente, y que otros delfines, cuando les quieren llamar, emiten esos sonidos concretos, les llaman por sus nombres… Pero no dejan de ser consciencias incipientes… De algún sitio habrá salido la nuestra, ¿no?

Martín-Loeches. De hecho, además, en sus cerebros hay una clase de células que sólo tienen los primates, una serie de neuronas modificadas que solo poseen las especies altamente sociales y que se han generado, de forma independiente, tanto en los cetáceos como en los primates.

– Otro de los puntos centrales del libro es la evolución. ¿Es el ser humano la especie que más influye en su propia evolución, hasta el punto de llegar a cambiar su curso?

Martín-Loeches. Ahora mismo sí, y lo lleva haciendo desde hace mucho tiempo. Es una especie que ha creado sus propias presiones de selección. Por ejemplo, tenemos tecnología y el que no tiene capacidad tecnológica, pues se queda al margen.

– ¿Creen ustedes en el transhumanismo?

Arsuaga. Genes humanos en animales ya hay. Lo que no hay son genes animales en humanos. Es decir, que la tecnología está ahí y todo se puede hacer. Pero qué es lo que va a ocurrir en el futuro? Hay dos campos en los que nadie va a discutir la modificación genética de la naturaleza humana. Uno es el campo de la salud. Si se tiene la información genética necesaria para modificar algún órgano o parte del cuerpo con el fin de que no se padezca determinada enfermedad, nadie se va a oponer a que se haga. Y el otro es la vejez, algo que nos obsesiona y para evitar la cual se aceptará sin discutir cualquier modificación genética.

– ¿Y potenciar, simplemente, las capacidades físicas o intelectuales?

Martín-Loeches. Ahí es donde creemos que puede haber más discusión y oposición.

– Aún así, ¿Piensan que es inevitable que el hombre intente perfeccionarse a sí mismo, al margen de la propia naturaleza?

Arsuaga. Cómo saberlo… Aunque las cosas podrían empezar así: primero será con la excusa de la salud, y todo el mundo aplaudirá. Después se seguirá con los procesos degenerativos y el envejecimiento, y también aplaudirá todo el mundo. ¿Y después… nos vamos a parar ahí…? No creo.

Martín-Loeches. Ahí están, por ejemplo, los proyectos para hacer un mapa milimétrico del cerebro humano, anunciados en Europa, en China y en Estados Unidos… Siempre se saca como coletilla al final que eso será útil para tratar enfermedades. Y es cierto, aunque indudablemente también servirá para otras cosas…

Arsuaga: Mi opinión es que no vamos a querer hacer modificaciones en el ser humano que no sean las que he dicho antes: para la salud o el envejecimiento. Mis hijos me parecen perfectos tal y como son y no los cambiaría. Ese es precisamente el mensaje del libro. Todas esas capacidades que la ciencia imaginaba y que a partir de los años 50 ya se veían tan próximas y que ahora ya son posibles, no van a hacer que la gente decida “diseñar” a sus hijos o a sí mismos. Otra cosa muy distinta es que se les obligue a hacerlo… Me explico, que haya una presión social en ese sentido. Eso sí que me preocupa.

– ¿Se refiere a un modelo dictatorial?

Arsuaga. Exactamente. Son las presiones que reciben, o que pueden recibir, las sociedades hacia el pensamiento único. Eso es lo espantoso y lo peligroso de las utopías y ficciones que se crearon en los años ciencuenta. Que eran impuestas desde el poder. Orwell, Huxley, etc, lo que denuncian es la planificación de la sociedad, la división en castas perfectamente planeadas, la planificación para llegar al “Mundo feliz”… Hay montones de ejemplos. O, en otro ámbito, los nazis. Son, todos ellos, modelos de sociedades planificadas desde el poder. Sin embargo, en una sociedad libre no debería haber ninguna clase de programación, ni educativa ni biológica. Entonces, ¿qué pasará con el ser humano? En mi opinión, en las sociedades libres, nada grave. Puede que a algún tarado se le ocurra hacer un hijo transgénico o algo así, pero eso no sería preocupante. Lo preocupante serían sociedades como las que proponían estas utopías, sociedades programadas, y algunas muy sutilmente, no a la manera nazi, que era demasiado obvia…

– Hay quien piensa que eso es precisamente lo que está pasando ahora…

Arsuaga. Diez años después de publicar “Un mundo Feliz”, Aldous Huxley decía que él situaba este futuro dentro de siglos, pero que se está produciendo ya…

– Entonces, incorporamos a esta definición del ser humano el hecho de que sea capaz de controlar su propia evolución?

Arsuaga. Sí, eso está claro…

Martín-Loeches. Sí, por supuesto que sí.

– Entonces, y con estas premisas, cómo creen que será el ser humano de dentro de mil años?

Arsuaga. No se como será, sino como me gustaría que fuera, que es distinto. Me gustaría que fuera libre. Mis principios filosóficos son muy sencillos: Libertad, igualdad, fraternidad… Yo soy muy sencillo, con tres palabras lo resuelvo… Entonces espero que en el futuro la gente sea libre y solidaria, y lucharé porque eso sea así…

– ¿Y biológicamente? ¿También será igual?

Arsuaga. Pues en una sociedad en la que somos libres e iguales no habrá discapacitados, ni marginados, ni oprimidos… Y biológicamente seremos iguales que ahora.

Martín-Loeches. Yo pienso lo mismo, porque nos gustamos tal y como somos y no nos cambiaremos a nosotros mismos. La tecnología se adaptará a como somos nosotros, no a cambiarnos. Además, la tecnología no cambiaría la especie, porque no cambia los genes…

– Consideran entonces que hemos llegado ya al punto más alto de la evolución humana? Es decir, como ya no nos afecta la Naturaleza y podemos vivir en cualquier clima y ambiente ecológico sin tener que adaptarnos a él, como hacen otras especies. ¿Hemos dejado de evolucionar?

Arsuaga. Evidentemente, suplimos nuestras carencias biológicas con tecnología, e incluso respiramos debajo del agua sin tener agallas, nos da igual el medio ambiente, a no ser que haya una catástrofe natural que nos deje sin tecnología… En condiciones normales y si todo sigue así, sin grandes sobresaltos, no cambiaremos mucho.

– Pero si el “motor del cambio”, sigue activo, como decían antes, ¿Cómo se va a manifestar ese cambio en el futuro?

Martín-Loeches. Yo creo que siguiendo el modelo social. Según como sea la sociedad en el futuro, entonces seremos de una forma u otra. Será la sociedad, o la mayoría de la sociedad, la que decida cómo quiere que sea la gente en el futuro. Una sociedad totalitaria, como decíamos antes, podría decidir e imponer determinados cambios. Herramientas, las hay para todo, pero podemos elegir si ir hacia un lado o hacia otro…

Arsuaga. ¿Qué habría ocurrido si en los tiempos de Stalin o de Hitler la genética hubiera estado tan desarrollada como ahora? Pues yo creo que lo peor… Y de eso hace solo cincuenta años… Entonces, ¿Hemos superado ya ese modelo para siempre? ¿Estamos seguros de que algo así no va a volver a ocurrir jamás? Esperemos que no vuelva a pasar nunca, porque esos cambios biológicos artificiales sólo se pueden producir en sociedades de ese tipo. Lo peor es que no se puede excluir que en el futuro haya sociedades controladas por el poder…

– Y mirando al pasado en vez de al futuro… Somos los humanos de hoy, como entes biológicos, iguales a los de hace mil años?

Arsuaga. Sí. Tenemos las mismas capacidades ahora que entonces, y salvo algunas adaptaciones locales y menores, como la de los tibetanos, que están más adaptados a vivir en las alturas que el resto, los humanos de hoy somos los mismos que los de la Edad Media.

– Vamos a centrarnos ahora en el cerebro, uno de los órganos más importantes del ser humano. ¿Sigue creciendo? ¿O por el contrario, se está encogiendo, como algunos piensan?

Martín-Loeches. Hasta ahora todos los cerebros que se han medido entran dentro de la misma variabilidad. Parece que en algunas áreas cerebrales concretas puede haber habido alguna reducción, pero nada reseñable.

Arsuaga. Para que el cerebro crezca, o se reduzca, tiene que producirse que los individuos que tienen el cerebro más grande, o más pequeño, tengan más descendientes que los demás. Y eso, que sepamos, no está sucediendo.

– ¿Podría considerarse Internet como una especie de inteligencia colectiva, un “espíritu de la colmena” creado por el ser humano y dentro de la cual seguimos más el modelo de insectos sociales que el de nuestra propia especie?

Arsuaga. Algo de eso hay, aunque eso no nos cambiará la biología.

Martín-Loeches. El día que apareció la escritura lo hizo también la información almacenada, pero a pesar del tiempo que ha pasado desde entonces sigue sin haber en el cerebro una adaptación especial a la escritura. A los niños les sigue costando mucho aprender a escribir. Con el habla es otra cosa, sí que existe una adaptación específica que hace que el habla surja de forma natural.

Arsuaga. Ese “cerebro colectivo” del que habla no puede cambiar la biología, aunque sí los destinos de la Humanidad. Y es cierto que hay algunos paralelismos interesantes con el tipo de sociedades que forman los insectos sociales… Y eso influirá en la Historia, pero no en la Biología, porque para cambiar la Biología es necesario intervenir activamente, modificar la genética en un laboratorio. Tanto si eres analfabeto como si eres Einstein, tus genes no se enteran. Es decir, que eso no va a cambiar nuestra biología. Con los mismos genes se puede ser de mil formas distintas.

– Les pediría, por último, una conclusión…

Arsuaga. Lo que hemos hecho, en el fondo, es un programa de investigación. Nuestro libro está sin terminar. El trabajo, en su mayor parte, está por desarrollar, nosotros lo que hemos hecho es como un programa, una lista de las cosas que quedan por hacer.

Martín-Loeches. Mi conclusión es un poco más larga. En el libro se revisa el presente, el pasado y el futuro, y no solo en relación al cerebro… Conociendo muchas cosas del pasado conocemos cómo somos hoy día. Y hoy tenemos herramientas en nuestras manos que nos van a permitir cambiar muchas cosas. Pero para eso hay que conocer el pasado, cómo somos en el presente y decidir hacia dónde queremos ir en el futuro. Dos ejemplos: Vemos en color gracias a nuestro pasado de primates frugívoros, y eso nos gusta, no lo queremos cambiar. Está en el presente y en el futuro puede seguir. Por otra parte, somos violentos porque venimos de una escasez de recursos en el pasado. Si conseguimos que no haya escasez, podría ser deseable cambiar ese rasgo de nuestro comportamiento.

Arsuaga: «Si hubiera extraterrestres, de piel para dentro serían como nosotros» – ABC.es.

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El hombre de Piltdown, cien años de un misterio sin resolver – ABC.es

GEOLOGICAL SOCIETY OF LONDON
Científicos examinan un cráneo parecido al de un humano en el cuadro de John Cooke «Discusión sobre el cráneo de Piltdown»

Un grupo de investigadores británicos intenta esclarecer con la tecnología más puntera quién y por qué cometió uno de los mayores fraudes del mundo de la Ciencia

El diciembre de 1912, Arthur Smith Woodward, paleontólogo del Museo Británico, y Charles Dawson, arqueólogo aficionado, anunciaban al mundo el descubrimiento del hombre de Piltdown, un nuevo e impresionante homínido que podía pasar por el eslabón perdido. El especimen, recuperado de una gravera, tenía una bóveda craneal con rasgos inequívocamente humanos y una mandíbula de aspecto simiesco. No podía ser más atractivo e interesante. La mayoría de los científicos de la época aceptó la identidad de los restos, que durante cuarenta largos años recibieron el nombre científico de «Eoanthropus dawsoni» y fue considerado un antepasado humano. No fue hasta 1953 que un grupo de investigadores del Museo Británico reveló que los fósiles eran una falsificación. Sin embargo, muchas preguntas quedaron sin responder y siguen en el aire cien años después. ¿Quién fue el principal responsable del fraude? ¿Por qué lo cometió? ¿Fue impulsado por una ambición científica, una broma pesada o por motivos de venganza? Un grupo de quince investigadores del Museo de Historia Natural de Londres y de diferentes universidades británicas están decididos a esclarecer el misterio con la ayuda de la tecnología más puntera.

La historia del hombre de Piltdown, «además de ser tan atractiva como una novela policíaca, supone una advertencia a los científicos para que mantengan en guardia su espíritu crítico y es un ejemplo del triunfo (aunque sea al final) del método científico», explica a la revista NatureChris Stringer, antropólogo del Museo de Historia Natural y uno de los investigadores que intentan esclarecer el caso. Lo cierto es que el montaje no podía ser más básico. La bóveda craneal humana no tenía más de 50.000 años y la mandíbula de orangután que le habían encajado estaba teñida para parecer primitiva y con los colores adecuados.

Además, Woodward y Dawson habían desenterrado también herramientas primitivas de piedra y fragmentos de fósiles de mamíferos, entre ellos un hipopótamo y lo que parece un elefante, todos manchados de marrón oscuro. Los paleontólogos aseguraron que todo esto demostraba que el Eoanthropus era potencialmente tan antiguo como el hombre de Java, que ahora se sabe tiene aproximadamente un millón de años.

Las excavaciones dirigidas por la pareja durante los siguientes dos años recuperaron más artefactos y fauna en el yacimiento de Piltdown, incluyendo un diente canino. Incluso fue desenterrado un trozo de hueso de elefante, que, por su forma, llegó a ser conocido como el «bate de cricket». Pero los trabajos se vieron interrumpidos por el estallido de la Primera Guerra Mundial y el deterioro de la salud de Dawson. Antes de que muriera en 1916, escribió a Woodward diciendo que había encontrado más restos de fauna y del Eoanthropus en un segundo yacimiento, a pocos kilómetros del original.

Los sospechosos

La mayoría de expertos cree que el fraude fue cometido por el propio Dawson, aunque al menos otras doce personas también fueron acusadas. Entre los sospechosos, Smith Woodward, coautor del hallazgo; Martin Hinton, subordinado de Woodward, y el jesuita Pierre Teilhard de Chardin, quien descubrió un diente en Piltdown.

Ahora, Stringer y sus colegas han comenzado a examinar los restos a nivel microscópico. Usando técnicas como la datación por radiocarbono y estudios de ADN e isótopos, esperan poder precisar las identidades taxonómicas y los orígenes geográficos de los especímenes. También utilizan espectroscopia para analizar los dientes y huesos. «Si los materiales recogidos de los dos sitios coinciden, el culpable fue probablemente Dawson, ya que fue el único “descubridor” del segundo sitio», explica Stringer.

«Si el canino resulta que tiene un origen diferente (y que fue teñido de forma distinta), su descubridor, Teilhard de Chardin, pudo haber estado involucrado en la estafa», añade. Además, cree que sus trabajos podrían fortalecer o refutar otro escenario propuesto recientemente que implica al zoólogo Martin Hinton. En la época de los descubrimientos de Piltdown, Hinton fue voluntario en el departamento de Woodward en el museo. Más de una docena de dientes y huesos teñidos fueron encontrados entre sus pertenencias.

¿Cuestión de ambición?

Stringer explica que saber quién montó el fraude resulta fundamental para saber por qué se hizo. Dawson podía tener ambiciones de reconocimiento científico; deseaba convertirse en un miembro de la Royal Society y tratar con personas importantes. En cuanto a Hinton, es probable que tuviera dudas respecto al hombre de Piltdown pero que se sintiera incapaz de plantar cara a su jefe. Incluso hay quien cree que dejó el «bate de cricket», una falsificación muy burda, para alertar a otros paleontólogos de lo que estaba ocurriendo en realidad.

El investigador cree que, independientemente de quién fue el responsable, el fraude de Piltdown ha podido marcar la historia de la paleontología. Por ejemplo, pudo haber acelarado la revelación en el año 2000 del fraude del famoso arqueólogo japonés Shinichi Fujimura, que durante la madrugada enterraba artefactos prehistóricos que sus colaboradores desenterraban durante el día. Pero también pudo haber retrasado la aceptación generalizada del Australopithecus africanus como una reliquia verdaderamente antiguo de la evolución humana. Lo que es innegable es que el caso delhombre de Piltdown ha resultado una novela de misterios de lo más real.

El hombre de Piltdown, cien años de un misterio sin resolver – ABC.es.

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National Geographic ofrece saber si una persona tuvo antepasados neandertales

El proyecto de National Geographic ha descubierto el origen de las lenguas caucásicas y las rutas iniciales de las migraciones fuera de África GYI

Los participantes aprenderán cómo su ADN está afiliado a varias regiones del mundo

National Geographic Society ha anunciado este miércoles la próxima fase de su Proyecto Genográfico, una iniciativa de varios años de investigación global que utiliza el ADN para trazar la historia de la migración humana.

A partir de una recopilación de datos global de siete años, el proyecto Genográfico alumbra nueva luz sobre el pasado de la humanidad, dando pistas sobre el viaje de nuestra especie a través del planeta en los últimos 60.000 años.

“Nuestra primera fase contó con la participación de más de 500.000 participantes de más de 130 países”, dijo el director del Proyecto, Spencer Wells, genetista de población. “La segunda fase supone una oportunidad aún mayor de ciencia ciudadana, y cuanta más gente participe, más crecerá nuestro conocimiento científico”.

Esta nueva etapa de la investigación aprovecha la potente tecnología genética para explorar y documentar los caminos históricos de la migración humana. Basado en parte en una única base de datos compilada durante la primera fase del proyecto, la próxima generación del Proyecto de Participación Genográfico – Geno 2.0 – examinará una colección de cerca de 150.000 identificadores de ADN que ofrece una rica y relevante información relevante de todo el genoma humano.

Además de aprender su historia migratoria detallada, los participantes aprenderán cómo su ADN está afiliado a varias regiones del mundo, e incluso si tienen rastros de ascendencia neandertal o Denisovan. Los participantes recibirán sus resultados a través de un nuevo diseño de la web multi-plataforma www.genographic.com.

Además de la visualización completa de su ruta migratoria y afiliaciones regionales, los participantes pueden compartir información sobre su genealogía. De momento, los resultados del proyecto han llevado a la publicación de 35 artículos científicos que ofrecieron resultados tales como el origen de las lenguas caucásicas y las rutas iniciales de las migraciones fuera de África.

Los resultados y el análisis del ADN se almacenan en una base de datos que es la mayor colección de información antropológica genética humana jamás reunida. De cara a esta nueva fase, el proyecto invita a solicitudes de subvención de investigadores de todo el mundo para los proyectos que estudian la historia de la especie humana utilizando innovadoras herramientas genéticas antropológicas.

Leer más: http://www.lavanguardia.com/ciencia

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