El telescopio de Galileo y el declive del Imperio español

Mapa celestial del cartógrafo Frederich Wit en el siglo XVII. | E.M.

Un nuevo instrumento óptico empezó a recorrer los círculos eruditos europeos a comienzos del siglo XVII. Pronto lograría que la relación de nuestra especie con los astros cambiara para siempre. El telescopio, emblema de la revolución científica de la Edad Moderna, acercó los cielos a la mirada de los sabios, separó al hombre del centro del universo y destruyó para siempre el mito de que los cuerpos del firmamento son entes perfectos.

Todos podían comprobar con sus propios ojos las irregularidades geográficas del satélite terrestre, aunque aún se confundían con mares, océanos y volcanes. La Luna resultó no ser muy distinta a nuestro planeta, así que los imperios y naciones que luchaban por ampliar sus dominios en la Tierra encontraron un nuevo lugar en el firmamento sobre el que poder extender su influencia. Aún no era posible llegar hasta allí y clavar una bandera en el suelo, pero existían otras formas más sutiles de conquista.

La cartografía estaba en pleno auge desde el descubrimiento de América, ya que se había demostrado una herramienta imprescindible para visitar, colonizar y reclamar nuevos territorios. Por primera vez en la historia, la humanidad podía crear mapas de la Luna, haciéndola así un poco más suya. La primera persona que estudió y dibujó la Luna con un telescopio fue el inglés Thomas Harriot, nacido en 1560 en el condado de Oxford.

Harriot/ Trinity College

Harriot cursó estudios superiores de cartografía y, con 25 años, se enroló con el pirata, explorador y poeta Walter Raleigh en una expedición a América. La reina Isabel quería evitar enfrentamientos con el Imperio español y había dado órdenes a Raleigh de que solo conquistara tierras que no estuvieran cristianizadas. Con el fin de curarse en salud y no enfadar a la monarca,los mapas que presentaba el conquistador inglés estaban repletos de tribus indígenas, algunas de ellas inexistentes, como los acéfalos y las amazonas.

El viaje de 1585 a Virginia, tierra que Raleigh llamó así en honor a la reina Isabel (conocida como reina virgen), no logró colonizar para Inglaterra este lugar, pero causó una profunda impresión en Harriot. El cartógrafo acompañó también a Raleigh en su misión a Irlanda para aplacar una rebelión contra los ingleses y publicó un libro llamado ‘Un breve y genuino informe sobre la nueva tierra hallada en Virginia’. En él defendía, entre otras cosas, las bondades de la planta del tabaco, una sustancia que lo acabaría matando por medio de un cáncer de nariz.

Tras vivir varias aventuras y desventuras, e incluso pasar una temporada en prisión, Harriot se vio con los medios económicos necesarios para concentrarse en la ciencia y sus intereses se movieron hacia el creciente campo de la óptica, materia sobre la que llegaría a cartearse con el mismísimo Johannes Kepler, uno de los astrónomos más importantes de todos los tiempos.

Harriot adquirió uno de los primeros telescopios que circulaban por el continente y lo usó para dibujar el satélite de la Tierra en el verano de 1609. Sus esbozos de la superficie lunar eran muy rudimentarios, pero le permitieron bautizar algunos accidentes lunares, para los que usó términos familiares, como Britannia (el actual Mare Crisium).

El nuevo instrumento de observación no dejaba lugar a dudas de que aquello no era un mundo sobrenatural, ni el lugar donde habitan los espíritus, pese a todo lo que se había debatido sobre el tema en los siglos anteriores. Sir William Lowell, un amigo de Harriot a quien este envió un telescopio, exclamó al ver la Luna: “Se parece a una tarta que hizo mi cocinero la semana pasada“. La expresión se hizo célebre porque es menos inocente de lo que parece: con ella se daba por cerrado un debate milenario en torno a la naturaleza física de los orbes celestes. Lo que no está tan claro es qué le ocurrió al denostado cocinero.

La dificultad de medir la longitud

Uno de los cartógrafos más célebres del momento era el católico holandés Arnold Van Langren. En realidad, más que un cartógrafo, él se consideraba esferógrafo, ya que realizaba mapas esféricos de la Tierra, es decir, bolas del mundo como las que hoy pueden verse en cualquier escuela. Su hijo, Miguel Florencio Van Langren -también conocido como Langrenus o, en español, Langreno-, nacido hacia 1600, no acudió nunca a la universidad, pero aprendió bien el oficio paterno. Cuando hubo quecatalogar, cartografiar y bautizar los accidentes geográficos de la Luna, no había nadie mejor situado que él para hacerlo. Al menos, en el mundo católico. Su némesis en la Europa protestante sería el astrónomo Johannes Hevelius, nacido en 1611 en la ciudad de Gdansk (o Dánzig, en Polonia).

Mapa de Cassini

Van Langren, matemático y cosmógrafo real del monarca español Felipe IV, intentó aprovechar lascapacidades del nuevo instrumento para solucionar el problema de la longitud. La Corona española, escaldada tras la derrota de la Armada Invencible y el auge naval del Imperio británico, llevaba ofreciendo desde 1598 un premio de 6.000 ducados más 2.000 coronas de renta vitalicia para quien encontrara un método de determinar con precisión la latitud de los barcos en alta mar.

Los marinos necesitaban, para saber con precisión dónde estaban, saber la hora universal y compararla con la hora local del lugar en que se encontraban. Como la Tierra es redonda, la línea del ecuador es un círculo, divisible, como todo círculo, en 360º. La longitud se define como el punto en que corta un meridiano con el ecuador, y el día tiene veinticuatro horas, por lo que cada hora de diferencia con el estándar universal se corresponderá con 15º de longitud.

La hora local de un punto cualquiera se puede saber observando la posición del Sol, pero los navegantes necesitaban tener también la hora del meridiano 0 -es decir, la hora universal– para saber a cuánta diferencia horaria -a qué longitud- se encontraban. La respuesta, hoy en día, parece muy sencilla: solo hay que llevar un reloj. El problema es que aún no se habían inventado relojes que aguantaran el vaivén del barco y los cambios de humedad sin estropearse. Al contrario que la latitud, que se corresponde con la Estrella Polar, la longitud no tenía un referente claro en el firmamento, pero la llegada del telescopio amplió la percepción de la bóveda celeste y abrió nuevas posibilidades de afrontar el problema.

El primero en darse cuenta de ello fue el genial científico de la ToscanaGalileo Galilei, quien trató de hacerse con la recompensa en 1616; su método consistía en observar los eclipses de las lunas de Júpiter, recién descubiertas por él mismo, para determinar la hora universal. El sistema era bueno, ya que las fases de un eclipse apenas varían según la longitud desde la que se observen, pero Galileo no se llevó el premio de los 6.000 ducados porque, técnicamente, resultaba inviable: los barcos no llevaban telescopio ni, mucho menos, un experto capaz de realizar mediciones precisas (en rigor, el único especialista en satélites jovianos del momento era el propio Galileo). Un siglo después, el astrónomo inglés James Bradley sí pudo emplear con éxito este método para calcular las longitudes de Lisboa y Nueva York. Pero el toscano, en esto como en otras cosas, se había adelantado a su tiempo.

Galileo y Viviano

La hora universal

Siguiendo los pasos del toscano, Van Langren también confiaba en que el telescopio le permitiera hallar efemérides celestes que marcaran la longitud. Pero no las buscó en el sistema solar externo, sino mucho más cerca. En un principio, trató de crear un método que tuviera en cuenta laposición del satélite terrestre en relación con las estrellas, pero enseguida se le ocurrió la idea de que no era necesario mirar más allá de la Luna ni salirse de la ciencia que él mejor dominaba: la cartografía.

Las salidas y puestas de Sol sobre la superficie lunar también son eventos simultáneos que determinan la hora universal. Con la ayuda de un mapa lo suficientemente preciso, los marinos podrían controlar el momento exacto en que aparece la cumbre de un cráter cuando la Luna está creciente, o desaparece cuando está decreciente. Dicho instante señalaría la hora universal con mucha más exactitud que ningún reloj de la época. El razonamiento, paralelo al de Galileo, no tenía ningún fallo; solo quedaba dibujar dicho mapa.

En ello empleó Van Langren más de diez años, desde 1634 a 1645. La suya fue la primera cartografía lunar de la historia y, puesto que la Monarquía española había financiado las investigaciones y las había ofrecido libremente a todo el mundo, asumió que los demás países aceptarían sin problemas su denominación de los accidentes geaográficos. En realidad, los hallazgos del Imperio católico de Felipe IV despertaron la rivalidad y el recelo de sus enemigos protestantes; ambos credos llevaban casi tres décadas enfrentándose en los campos de batalla, en una prolongada sucesión de luchas religiosas que recibiría el nombre de Guerra de los Treinta Años.

La definicición de un meridiano cero, aunque se compartiera con el resto del mundo, tenía importantes connotaciones políticas y culturales: en la todavía poderosa España, se daba por hecho que el punto de referencia sería Toledo. O, en todo caso, Roma, por ser la sede de la Iglesia. Pero el problema de la longitud tardaría demasiado en resolverse, así que el primer meridiano pasa hoy por la capital del Imperio británico. En concreto, por un suburbio de la misma llamado Greenwich.

La nomenclatura geográfica de Van Langren equiparaba las distintasirregularidades de la superficie lunar con características propias de nuestro planeta, como tierras, océanos, mares, cabos, montañas o valles. La estructura más importante fue denominada Oceanus Philippicus (el actual Mare Imbrium), en honor al Rey de España, y abundaban los nombres de miembros de la familia real y otros nobles, además de santos, filósofos o científicos.

El declive del imperio científico español

Los astrónomos y matemáticos modernos se quedaban con los cráteres más pequeños, y los mares se llamaban igual que los océanos de nuestro planeta. La tierras, en cambio, llevaban el nombre de virtudes cristianas (Terra dignitatis, Terra honoris, Terra iustitiae…). En total, el cosmógrafo de la Corte identificó 322 accidentes lunares, de los cuales se dedicó a sí mismo el cráter Langrenus, que ha mantenido su nombre hasta hoy. La mayor parte de sus denominaciones, sin embargo, serían rechazadas, así como su método para medir la longitud. El declive del Imperio español se hacía notar también en el plano científico.

Entretanto, Johannes Hevelius, hijo de un acaudalado cervecero polaco y gran apasionado de la astronomía, trataba de llevar las posibilidades del recién inventado telescopio hasta el límite. Para ello, contaba con la fortuna familiar y una pensión del rey de Polonia, Jan III Sobieski. Construyó en la orilla del mar Báltico un observatorio de 46 metros de diámetro, que había que sujetar con un sistema de cuerdas y poleas para que la brisa marina no lo moviera y perdiera de vista su objetivo.

Teniendo en cuenta que el telescopio pionero que construyó Galileo en 1610 tenía 30 centímetros de diámetro, podemos hacernos una idea de la magnitud del proyecto de Hevelius. Lo más curioso es que el polaco no se fiaba demasiado de estos ingenios y, además, tenía tan buena vista que podía permitirse prescindir de ellos. Cuando el científico Robert Hooke y otros especialistas pusieron en duda su método de catalogar las estrellas a simple vista, la Royal Society británica envió al entonces joven investigador Edmund Halley (descubridor del cometa que lleva su nombre) a Gdansk a revisar el trabajo de Hevelius.

El veredicto del célebre astrónomo fue que los ojos desnudos de su colega polaco eran tan fiables como cualquier telescopio de la época a la hora de catalogar astros. Los telescopios gigantes de Hevelius sí le resultarían muy útiles, en cambio, para producir el otro gran mapa lunar de su tiempo, publicado en 1647, solo dos años después que el de Langreno. Este trabajo cartográfico no hizo sino aumentar el prestigio del que ya gozaba Hevelius: el papa Inocencio X vio la obra y exclamó con admiración que solo lograba verle una pega, y es que hubiese sido hecha por un protestante. La nomenclatura del nuevo mapa era algo menos comprometida desde el punto de vista religioso que la de Van Langren. El Imperio español bautizó los accidentes geográficos con nombres que reflejaban los valores de un mundo en extinción, mientras que la terminología de Hevelius supo anticiparse mejor a los nuevos tiempos.

Una Europa dividida

Detalle mapa Cassini

Mientras observaba el satélite terrestre, el astrónomo polaco sacó dos conclusiones principales: su geografía se parecía a la de un mapa terrestre de la Antigüedad puesto del revés (lo que hubiera avalado la vieja tesis de que la Tierra se reflejaba en la superficie lunar), y era un mundo habitable, a cuyos moradores denominó selenitas. La primera de estas conclusiones hizo que Hevelius diera a las manchas lunares nombres de mares terrestres, como el Adriático, el Caspio o el Mediterráneo. El impagable mapa de Hevelius, titulado Selenographia, se imprimió originalmente en una plancha de cobre. Según se cree, dicha plancha fue después fundida para hacer una tetera.

La pugna entre católicos y protestantes por bautizar los valles y montañas lunares refleja un viejo problema que, en realidad, sigue vigente hoy en día. La definición de estándares siempre ha sido tema engorroso para los científicos. Hasta el verano de 2006, por ejemplo, los astrónomos no lograron ponerse de acuerdo sobre la definición de planeta, y aún hubo muchos que no estuvieron de acuerdo con la conclusión a la que se llegó. No faltó quien se quejó de que EE.UU. estaba intentando imponer sus condiciones. Naturalemente, también hay discusiones mucho más relajadas.

El escritor de ciencia ficción Kim Stanley Robinson describe en su novela ‘2312’, ganadora del último premio Nebula, por qué los cráteres de Mercurio lucen nombres tan familiares como Beethoven, Cervantes, Shakespeare o Picasso: “Se dice que los miembros del comité de la Unión Astronómica Internacional estaban bebiendo y divirtiéndose una noche durante su reunión anual, cuando cogieron un mosaico de fotografías de Mercurio, recién llegadas, y lo comenzaron a usar de diana, mientras recordaban nombres de famosos pintores, escultores, compositores y escritores. Bautizaban así a los dardos y después los lanzaban al mapa. Hay un risco que se llama Pourquoi Pas [Por Qué No, en francés]”.

Pero, volviendo al siglo XVII, en el que varios imperios y naciones se disputaban la hegemonía mundial, la astronomía no podía sino reflejar las constantes guerras y tensiones que vivía el Viejo Continente. Una Europa dividida, dos mapas lunares distintos y una disciplina -la astronomía con telescopio- que aún daba sus primeros pasos; tal es la explosiva combinación con la que se encontraron los estudiosos del cielo mediado el siglo de la revolución científica por excelencia. La Iglesia de Roma no tardaría en irrumpir en esta singular disputa en torno al estudio del cielo, con desiguales resultados.

El telescopio de Galileo y el declive del Imperio español | Ciencia | elmundo.es.

Comentarios desactivados en El telescopio de Galileo y el declive del Imperio español

Archivado bajo Cosmos, Galileo Galilei, Universo

Los comentarios están cerrados.