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La inmunoterapia contra el cáncer amplía su campo de acción

Los fármacos que aprovechan las células del propio cuerpo para combatir las células cancerosas demuestra buenos resultados en cada vez más tumores y estadios más tempranos


La quimioterapia ha dejado de ser el punto de referencia en la lucha contra el cáncer. El uso de antineoplásicos para combatir las células cancerígenas sigue siendo la columna vertebral de la estrategia, pero van ganando terreno otros enfoques: la inmunoterapia, la medicina personalizada y también la combinación de estos medicamentos con los agentes clásicos. Tres vías en las que están trabajando los principales investigadores mundiales. La primera de ellas, la inmunoterapia, se considera ya como la gran promesa en el abordaje de esta enfermedad. Y esta nueva generación de fármacos, que fomentan la autodefensa del organismo, está ampliando su espectro y se está consolidando como una herramienta eficaz para combatir varios tipos de cáncer.

La inmunoterapia se había demostrado útil solo para el melanoma metastásico –primero— o algunos tumores de pulmón y riñón, pero los últimos estudios presentados estos días en el Congreso de la Sociedad Americana de Oncología Médica (ASCO, por sus siglas en inglés) muestran que puede ser eficaz también en otro tipo de tumores, como el de vejiga o el de cérvix. También, por primera vez, se ha demostrado que este grupo de fármacos pueden tener una actividad muy prometedora en fases no tan avanzadas de la enfermedad, algo que, además, explica Javier Cortés, jefe de la Unidad de Cáncer de Mama y de la Unidad de Melanoma del hospital Vall d’Hebrón de Barcelona, incrementa su potencial en aumentar el número de pacientes que se podrán curar de esta enfermedad.

En este sentido, un trabajo realizado por investigadores del Instituto Oncológico Gustave Roussy de Villejuif (Francia), muestra que el uso de ipilimumab (uno de estos nuevos fármacos inmunológicos), indicado para el tratamiento del melanoma metastásico, reduce el riesgo de recurrencia en un 25% en pacientes con melanoma en fase III operados, lo que podría traducirse en un aumento de pacientes curados. El estudio francés, realizado en 951 pacientes operados y con riesgo de recaída ––el cáncer se había extendido ya a los nódulos linfáticos–, muestra que quienes tomaron ipilimumab (fabricado por Bristol-Myers Squibb) tuvieron una tasa de supervivencia libre de progresión de un 46,5% frente al 34,8% de quienes tomaron placebo.

Eficaz para el melanoma, estas terapias están teniendo buenos resultados en cáncer de pulmón, vejiga o cérvix

La inmunoterapia ha sido, sin duda, uno de los temas estrella de ASCO –al que EL PAÍS ha acudido invitado por Boehringer Ingelheim–, la cita mundial clave sobre cáncer, a la que han asistido más de 30.000 médicos, investigadores y representantes del sector farmacéutico de todo el mundo, que este año cumple además medio siglo. “Se trata de uno de los avances más importantes de los últimos años en el abordaje del cáncer”, reconoce Cortés. Atacar a las células cancerosas a través del sistema inmunitario no es una idea nueva –William Coley empezó con ello en 1890–. De hecho, es una estrategia que se lleva desarrollando tres décadas –con opciones como anticuerpos o vacunas– aunque con escasos beneficios. Ahora, los fármacos que siguen esta idea están cosechando cada vez mejores resultados.

La inmunoterapia para combatir el cáncer puede seguir dos vías: potenciar el sistema inmunitario para que tenga más fuerza en su combate contra las células cancerosas, o tratar de neutralizar la respuesta de la célula tumoral, que reacciona ante los ataques. Las células cancerosas responden de dos maneras a la ofensiva de los linfocitos (que se ocupan de combatirlas): ‘poniéndose un disfraz’ que las asimile a células ‘sanas’ para así pasar desapercibidas y que los linfocitos (células encargas de defendernos frente a infecciones o células tumorales) no las ataquen, o anteponiendo un escudo que neutraliza ese ataque. Los fármacos destinados a retirar ese ‘disfraz’, es decir a que la célula cancerosa revele su verdadera cara, están todavía en primeras fases de experimentación (aún no hay ninguno aprobado). El grueso de los avances en la inmuno-oncología se ha registrado con los medicamentos que se dirigen a bloquear que la célula tumoral pueda escudarse para repeler el ataque de los linfocitos (lo que hace el ipilimumab).

“Puede ser la estrategia que cure a muchos pacientes en un futuro cercano”, ice el oncólogo  Javier Cortés.

Este es también el espíritu de la nueva inmunoterapia experimental contra un tipo de cáncer de vejiga mestastásico –el noveno más común a nivel mundial y el quinto en España– en la que trabaja la compañía farmacéutica Roche. Los resultados de un estudio en fase I –la que estudia la seguridad— presentado en ASCO muestran que el fármaco redujo de manera importante el tamaño del tumor (tasa de respuesta global) en el 43% de los pacientes con un tipo de cáncer de vejiga metastásico en los que ya se había probado otro tipo de tratamientos. La molécula, explica Cristina Cruz, oncóloga del Hospital Vall d’Hebron, que ha sido definida por la FDA (la agencia del medicamento de EEUU) como terapia innovadora (Breakthrough Therapy) para agilizar su desarrollo, actúa inhibiendo la proteína PD-L1 presente en las células tumorales, que impide al sistema inmunitario defenderse contra el cáncer.

Esta estrategia que aprovecha el potencial del propio organismo para combatir el cáncer ha llegado también al abordaje del cáncer de cérvix. Otro de los trabajos presentados en ASCO –seleccionado además por la organización como uno de los destacados— se basa en el uso de la inmunoterapia personalizada contra el virus del papiloma humano que causa un gran número de estos tumores. Esta nueva vía, que lo que hace es dirigir las células T contra el VPH, es aún muy inicial. A pesar de que el estudio, financiado por el Instituto Nacional de Salud de EEUU (NHI), es muy pequeño (solo nueve pacientes) sus resultados son, para Steven O’Day, profesor de la Universidad del Sur de California y expertos de ASCO, “prometedores”. El tumor remitió completamente en dos de las nueve mujeres con cáncer de cérvix que recibieron esta terapia celular, a pesar de que tenían metástasis extendida y que ya habían sido tratadas por otras vías; en una tercera remitió de manera parcial. El tratamiento, sin embargo, tiene importantes efectos adversos; aunque no insalvables.

Por lo general, sin embargo, estos efectos no son tan importantes como los que presentan las terapias clásicas. “La inmunoterapia puede provocar reacciones cutáneas, gastrointestinales, alteraciones hormonales. No hay daños o lesiones importantes en los glóbulos blancos o anemia importante o daños en las mucosas críticos, son efectos abordables y que pueden tener un buen tratamiento”, indica Jesús García-Foncillas, jefe del servicio de Oncología del hospital Fundación Jiménez Díaz de Madrid.

“La inmunoterapia no solo mejora el pronóstico de las personas con cáncer; creemos que pueda ser la estrategia que va a curar a muchos pacientes en un futuro cercano”, concluye Javier Cortés.

Los oncólogos de EEUU alertan del impacto de los recortes

El progreso en la lucha contra el cáncer y la calidad de vida de los pacientes se puede ver amenazado por los recortes. El tijeretazo en los fondos para investigación que el Congreso destina a los institutos nacionales de salud (NIH) es una constante desde hace años. El impacto de esta dinámica, han alertado los oncólogos estadounidenses, puede suponer un importante paso atrás. Y es que estos fondos, que suponen la principal fuente de financiación de la investigación biomédica, por ejemplo, han disminuido un 23% desde 2001 en Estados Unidos. En 2012 se invirtió en este presupuesto unos 29 billones de dólares (21,3 billones de euros).”Que podamos seguir invirtiendo en la investigación es esencial para avanzar en la lucha contra el cáncer y acelerar el progreso de los trabajos que tenemos en marcha”, incidió el presidente del Congreso de la Sociedad Americana de Oncología Médica (ASCO), Clifford A. Hudis.

Estos recortes, insistió hace unas semanas el presidente de ASCO en una nota, pone en peligro la subsistencia de numerosas investigaciones y ensayos clínicos. Sin el apoyo del sistema público, dijo, se paralizarían. Esto es lo que ocurrirá con algunos de los ensayos con pacientes del Programa Comunitario de Oncología Clínica que esperan ahora nuevas subvenciones. Ensayos, además, que solo pueden realizarse con el apoyo de la financiación pública porque la mayoría están relacionados con la práctica clínica; algo, dijo Hudis, que interesa poco a los grandes laboratorios.

Los oncólogos piden al Congreso que dedique 32.000 millones de dólares en el próximo ejercicio para la investigación oncológica. “Así se podría revertir el impacto de la última década de recortes”, dicen. Que los oncólogos estadounidenses alerten del impacto de los recortes es muy representativo. En Estados Unidos se desarrollan numerosas y punteras investigaciones oncológicas. El liderazgo en la investigación de este país peligra ahora. Le pueden adelantar otros, como China.

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Descubiertas unas ‘células escudo’ que protegen los tumores

Su desactivación facilita los tratamientos inmunológicos contra el cáncer

Imagen de una célula cancerosa de mama.

La inmunoterapia contra el cáncer —enseñar al sistema de defensa del organismo a atacar a las células tumorales— se presenta como la nueva revolución en oncología. Pero no es fácil. La revista Nature Medicine ha publicado un artículo en el que el proceso no se centra directamente en combatir las células tumorales, sino en otras que pululan a su alrededor y que, de alguna manera, hacen de escudo. El trabajo, que han realizado científicos del MD Anderson Cancer Center de la Universidad de Texas, consiste, básicamente, en identificar unos péptidos (cadenas cortas de aminoácidos, que son los eslabones que forman las proteínas) que tienen la capacidad de unirse específicamente a estas células escudo,las células supresoras de origen mieloide (MDSC por sus siglas en inglés). De esta manera, las marcan e identifican para dirigir un ataque que las elimine.

Esa es la segunda parte del ensayo: unir a estos péptidos con unos anticuerpos. Al conjunto resultante lo han llamado en inglés peptibodies(pepticuerpos). El resultado es similar al de añadir un explosivo a una llave: solo actuará contra la cerradura específica. Con este proceso se puede dirigir el ataque a las células que se quieren eliminar, las MDSC. Así, las células tumorales quedan expuestas al sistema inmunitario convenientemente educado.

Larry Kwak, quien ha dirigido el trabajo junto a Hong Qin, lo explica así: “Hace una década que sabíamos que estas células bloqueaban[LAS MDCS] la respuesta inmune, pero no habíamos sido capaces de desactivarlas porque no teníamos identificada la diana”.

Esa búsqueda de unos ligandos específicos ha sido clave en el trabajo. Para encontrarlos, el equipo de investigadores, que no contaba con una idea de qué parte de las MDSC eran las mejores para actuar, recurrió a un sistema que podría calificarse de poco sutil: probar a ciegas toda una serie de péptidos de las librerías que existen, hasta encontrar los que se unían a la superficie de estos escudos de las células tumorales. Al final encontraron dos, que llamaron G3 y H6. Estos tenían una ventaja añadida: no solo se unían a las MDSC que se querían eliminar, sino que, además, no se unen a otro tipo de células. Eso es importante porque permite dirigir la terapia, y es clave para, si se llega a probar en humanos, evitar efectos secundarios.

Para verificar que esta idea funciona, los investigadores trataron ratones con dos tipos de cáncer de timo (un pequeño órgano que se encuentra en el pecho y produce, en los primeros momentos del desarrollo, células inmunitarias) con varias combinaciones: a unos les dieron los nuevospepticuerpos; a otros les dieron otras sustancias que hicieron de control. Lo primero que vieron es que el grupo tratado con las nuevas moléculas reducía su cantidad de MDSC, lo que era señal de que la idea funcionaba. “Es la primera demostración de que podemos crear anticuerpos para esas células. Es una diana radicalmente novedosa para la inmunoterapia”, ha dicho Kwak.

El investigador cree que, a partir de ahora, puede volver a la idea inicial de provocar una respuesta inmunitaria (que generalmente se llama vacuna, aunque no funciona como las que conocemos para muchas enfermedades infecciosas) para estimular la respuesta inmunológica contra las células cancerosas. Esto, hasta ahora, no había funcionado. “La clave para llevar las vacunas del cáncer a otro nivel es combinarlas con inmunoterapias destinadas al microentorno del tumor”, expone Kwak.

Pero esto no es suficiente. El verdadero objetivo de los investigadores no son las células que hacen de escudo, sino verificar que, una vez eliminado este, los tumores disminuían. Y esto también lo comprobaron: trataron a los ratones con los pepticuerpos diariamente durante dos semanas, y, al final, los cánceres se habían reducido a la mitad.

Las noticias son esperanzadoras, pero incompletas. Por ejemplo, los propios autores del trabajo indican que no saben exactamente cómo actúan las MDSC en su papel de protector de las células tumorales. Sin embargo, los investigadores ya están trabajando para extender sus hallazgos de ratones a humanos.

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Las amebas se comen a bocados las células del intestino

El hallazgo de la trogocitosis define nuevas dianas terapéuticas para tratar la diarrea que afecta a miles de bebés en el mundo

Amebas dan bocados a células intestinales. / NATURE

La ameba Entamoeba histolytica, una de las más importantes causas de la diarrea fatal (amebiasis) en los países en desarrollo, se come vivas a las células del intestino, según acaban de descubrir científicos de la Universidad de Virginia en Charlottesville y del Instituto Pasteur de París. Horrenda como puede parecer la noticia, lo cierto es que los investigadores han aclarado el mecanismo molecular de esa ingestión, y definido así nuevas dianas para el tratamiento de la diarrea fatal. El proceso, llamado trogocitosis, nunca se había observado en ningún tipo de interacción entre parásito y huésped.

La amebiasis es común en los países en desarrollo. En algunas zonas de Bangladesh, por ejemplo, llega a infectar a un tercio de los niños en el primer año de vida, con resultados a menudo fatales, y en el resto de los casos con graves secuelas de malnutrición y retraso en el desarrollo.

Los detalles del mecanismo molecular de estos ataques a las células intestinales solo son de interés para especialistas, pero los autores están convencidos de que “la trogocitosis por amebas es una diana prometedora para el futuro desarrollo de nuevas terapias para la amebiasis, una de las principales enfermedades olvidadas en el mundo en desarrollo”.

La trogocitosis (del griego ‘trogo’,  morder o dar un bocado) es un proceso conocido en el sistema inmunológico, donde los linfocitos –o glóbulos blancos de la sangre, las células encargadas de la respuesta inmune— dan bocados a otras células defensivas que previamente han capturado a una bacteria, un virus u otro patógeno. Esta es la primera vez que se observa una trogocitosis infligida no por un linfocito a otro, sino por el propio agente infeccioso, la Entamoeba histolytica.

La infección por este protista –organismo unicelular eucariota, es decir, constituido por el mismo tipo de células que las plantas y los animales— causa una gran destrucción del tejido intestinal, a la que de hecho debe su apellido histolytica, pero los expertos estaban confundidos hasta ahora sobre la causa de ese daño. Los investigadores, coordinados por William Petri (Universidad de Virginia) y Nancy Guillén (Instituto Pasteur), han utilizado microscopía de células vivas para coger in fraganti a las amebas dando bocados a las células intestinales humanas hasta matarlas. Presentan sus resultados en Nature.

Se pensaba hasta ahora que la trogocitosis era una invención evolutiva relativamente reciente, posterior a la aparición de los sistemas inmunes adaptativos como los que poseemos los mamíferos. Desde que el proceso se descubrió en 2003, la hipótesis favorita de los inmunólogos ha sido que la trogocitosis evolucionó como un mecanismo de nutrición para las células que después fue reclutado como una forma de comunicación intercelular, que es lo que se observa en el sistema inmune.

Pero el hecho de que el mecanismo aparezca ya en las amebas, que son unos mil millones de años más antiguas que los primeros animales –no digamos ya que los sistemas inmunes avanzados— indica que la trogocitosis es un proceso muy antiguo, y que surgió como un arma para la guerra entre organismos unicelulares, como seguramente otros muchos mecanismos que ahora utilizan nuestras células para comunicarse entre sí. De hecho, casi todas las familias de genes implicadas hoy en la comunicación entre células humanas estaban ya presentes en nuestros ancestros unicelulares, los coanoflagelados.

La trogocitosis es claramente distinta de la fagocitosis, donde una célula se traga a otra entera, sin bocaditos ni medias tintas. La fagocitosis también es una potestad de algunas células del sistema inmune, y también de parásitos como la ameba, que la usa para tragarse enteros a los glóbulos rojos.

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El propio cuerpo se defiende del cáncer

La nueva esperanza contra la enfermedad llega de fármacos que estimulan el sistema inmune

La terapia se ha mostrado eficaz en melanomas y, algo menos, en los casos de riñón y pulmón

 

Antoni Ribas aún recuerda la cara de asombro de sus compañeros cuando, al acabar la residencia, hace 17 años, les dijo que se iba a Estados Unidos a especializarse en inmunología tumoral. Por entonces, estimular las defensas del cuerpo para luchar contra el cáncer era considerado por la comunidad médica como un camino que no llevaba más que a una vía muerta.

Esa misma cara de sorpresa es la que, probablemente, hayan puesto algunos de aquellos colegas al ver los esperanzadores resultados de una nueva generación de fármacos que ayudan a que sea el propio cuerpo el que combata las células tumorales. Estos medicamentos, aún en desarrollo, tienen como objetivo impedir que las células cancerosas se escondan y escapen de las células del sistema inmune, los linfocitos. Con todas las reservas que hay que tomar en la lucha contra esta enfermedad tan compleja (o enfermedades, hay unas 200 distintas y cada paciente responde de forma diferente a cada una) ya hay quien habla de una nueva etapa frente al cáncer. “Los nuevos avances presentados constituyen en cierto modo una revolución en la estrategia para el tratamiento contra la enfermedad y, en algunos casos, marcará un antes y un después”, afirma César Rodríguez, secretario científico de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), quien asistió a la presentación de los resultados de algunas de estas terapias en el Congreso de la Sociedad Americana de Oncología Médica (ASCO) celebrado en Chicago hace unos meses.

Se trata de tratamientos experimentales en su gran mayoría

Antoni Ribas, que desde el Jonsson Comprehensive Cancer Center de la Universidad de California Los Ángeles (UCLA) se ha convertido en uno de los especialistas en inmunología tumoral más respetados del mundo, es el responsable de uno de los estudios que más atención ha despertado. El médico e investigador catalán ofreció los primeros resultados (fase I) obtenidos de la administración de lambrolizumab —un medicamento en desarrollo— en 135 pacientes con melanoma avanzado. En un 40% de los enfermos se consiguió reducir el tamaño del tumor en más de la mitad. Entre los que recibieron la dosis más alta, mostraron una mejoría el 52% de los pacientes. En general, se mostró eficaz en el 70% de los casos. Es “la mayor tasa de respuesta duradera al melanoma de cualquier fármaco probado hasta el momento para el melanoma, y sin efectos secundarios graves en la mayoría de los casos”, según los autores del ensayo.

Más allá de los resultados obtenidos, lo realmente interesante del fármaco es el cambio de concepto que supone su mecanismo de acción. El medicamento, desarrollado por Merck, no destruye las células cancerosas. Ni interfiere en mecanismos moleculares del tumor para que no prolifere. En lugar de ello, consigue desactivar el escudo que usan las células tumorales para camuflarse, despistar y esquivar al ataque de los linfocitos T, las células del sistema inmune encargadas de combatirlas.

Los linfocitos reconocen a las células tumorales a través de una molécula, denominada muerte programada 1 (PD-1, con siglas inglesas), que tienen en su membrana. Cuando esta proteína entra en contacto con la superficie de las células neoplásicas, las reconoce y el sistema inmune las ataca. La PD-1 actuaría como detector de células malignas de los linfocitos. Sin embargo, entre los mecanismos de resistencia que han desarrollado los tumores contra las estrategias de defensa del cuerpo se encuentra una proteína que está en la superficie de algunas células tumorales y que bloquea los detectores de células cancerígenas, los PD-1. Esta molécula, denominada PD-L1, se une a las proteínas PD-1 y las inactiva. De esta forma, el linfocito identifica a la célula tumoral como no peligrosa y no la ataca, por lo que el tumor sigue proliferando sin que se desate una respuesta del sistema inmune.

La inmunoterapia se abre paso

Estimular el sistema inmune contra el cáncer es una estrategia que se lleva desarrollando desde hace tres décadas sin que, hasta el momento, se hubieran conseguido resultados esperanzadores.

A partir de los últimos años se está avanzando en el conocimiento de los mecanismos que permiten a los linfocitos, las células del sistema inmunitario, combatir a las células tumorales.

Estas investigaciones han abierto las puertas a la posibilidad de elaborar fármacos, la gran mayoría aún en desarrollo, que capacitan a los leucocitos para detectar y combatir a las células tumorales y que esquivan las estrategias de engaño que desarrollan los tumores.

Los buenos resultados obtenidos, especialmente en el tratamiento del melanoma avanzado, gracias al uso de estas terapias, llevan a los médicos a la creencia de que se puede abrir una nueva etapa en la lucha contra la enfermedad.

E Este nuevo abordaje se sumaría a las técnicas actuales, que también son cada vez más eficaces. Por un lado, los tratamientos basados en la quimioterapia o la radioterapia. Por otro, los tratamientos específicos dirigidos a frenar la proliferación de cada tipo concreto de tumor.

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En la base de este mecanismo están los frenos que ha desarrollado el cuerpo humano para impedir los procesos autoinmunes. Estos fenómenos se desencadenan cuando se produce un desajuste en el sistema inmunitario por el cual las defensas combaten las células sanas que deberían proteger. La comunicación que se establece entre el PD-1 y el PD-L1 forma parte de las estrategias destinadas a que el sistema inmune reconozca a las células del propio cuerpo y no las considere peligrosas. Es decir, para que ataque agentes invasores o células malignas que se replican de forma descontrolada, pero no a sus propias células sanas. El problema surge cuando los tumores se disfrazan de células sanas generando PD-L1 o sobreexpresándolo, lo que les permite evadir su aniquilación.

El medicamento que ha desarrollado Ribas bloquea el receptor PD-1 de los linfocitos, de forma que las células tumorales ya no pueden disfrazarse de sanas. El estudio muestra cómo gracias a este fármaco, los linfocitos combaten no solo la neoplasia primaria sino también las metástasis.

Los laboratorios han advertido la importancia de esta estrategia terapéutica y están dedicando sus esfuerzos (y sus recursos) a explorar estas vías tan prometedoras que ya han dado sus primeros resultados. Es el caso del ipilimumab (Yervoy en su nombre comercial, de Bristol-Myers Squibb), que llegó al mercado español en diciembre del año pasado para tratar el melanoma metastásico en el que hubieran fallado terapias previas.

Este medicamento bloquea otra proteína de la membrana de los linfocitos T (la CTLA4) que también inhibe la activación de las defensas. Como el lambrolizumab, el fármaco se une al receptor de la célula del sistema inmune y permite que ataquen a las células neoplásicas.

El lambrolizumab fue eficaz en el 70% de los pacientes de un ensayo

Quizás el futuro de la inmunoterapia contra el cáncer consista en bloquear no uno, sino varios de los interruptores que apagan la actividad de los linfocitos. A esta dirección apunta otro de los trabajos que se presentaron en ASCO. Investigadores del Ludwig Center for Cancer Immunotherapy del Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York han combinado dos medicamentos que actúan sobre inhibidores del control inmunitario. Uno de ellos es el ipilimumab. El otro es un fármaco en desarrollo denominado nivolumab (otro inhibidor de PD-1). A pesar de que el ensayo se circunscribió a un grupo pequeño de pacientes (86) con melanoma metastásico, en determinadas dosis se produjo una reducción del tumor del 80% en la mitad de los enfermos a las 12 semanas.

Estos son algunos de los trabajos más sólidos. Pero hay bastantes más medicamentos que están explorando los caminos que eliminan las barreras que frenan la acción de los linfocitos contra el cáncer. Algunos son variaciones sobre el mismo tema, como la inhibición de los ligandos de la célula tumoral, la molécula PD-L1. En este caso, no se bloquea el receptor en los linfocitos que les impide actuar, sino el señuelo que emplea el cáncer para confundirlos.

El hospital Vall d’Hebron de Barcelona participa en un ensayo de un anticuerpo monoclonal (Medi4736) que bloquea el PD-L1 desarrollado por el laboratorio MedImmune. Javier Cortés, jefe de la Unidad de Cáncer de Mama y de la Unidad de Melanoma del centro, explica que están analizando sus efectos en pacientes con cáncer de mama. “Tenemos datos provisionales pero muy interesantes”, comenta.

La estrategia consiste en evitar que se escondan las células malignas

En todo caso, quedan cuestiones por resolver relacionadas con la inmunoterapia aplicada al cáncer. Por ejemplo, la diferente respuesta que se da entre los pacientes. Mientras en algunos es limitada, en otros es espectacular. Ribas cita el caso de una paciente con melanoma que participó en los primeros ensayos del fármaco ipilimumab, hace 12 años, y vio cómo su tumor ha llegado a desaparecer. En un 10% de los casos —como este—, la respuesta es duradera. El sistema inmune aprende a reconocer las células tumorales y a mantenerlas a raya, lo que supone una ventaja respecto al resto de tratamientos. “Quizás en los casos en los que hay una respuesta total se deba a que el sistema inmune de estos pacientes no está tan frenado como en el resto”, comenta Ribas.

Otro aspecto pendiente de resolver consiste en saber por qué los mejores resultados se han obtenido en pacientes con melanoma y, a distancia, cáncer de pulmón y riñón. “En los dos primeros, suelen ser tumores inducidos por agentes carcinógenos, como el sol o el tabaco, que provocan mutaciones del ADN. Es probable que debido a estas mutaciones generen proteínas que puedan reconocerse por el sistema inmune como extrañas y sean más fáciles de reconocer”, añade el médico e investigador de UCLA.

Más allá de estas cuestiones, los buenos resultados que está arrojando la inmunoterapia contra el cáncer dejan cada vez menos margen a los escépticos. “Los datos que están saliendo [de los ensayos] son espectaculares”, comenta Javier Cortés, “sobre todo en el caso del melanoma, cuyo tratamiento está sufriendo una revolución”. “Estamos empezando a conocer mucho mejor la respuesta inmune [contra los tumores], de forma que la podamos potenciar y optimizar”.

Algunos de los tratamientos sí han resultado eficaces a largo plazo

Javier Guillem incide en ello. Este especialista es el jefe de oncología médica del Instituto Valenciano de Oncología (IVO), una fundación especializada en el tratamiento de las neoplasias que funciona como centro de referencia en la Comunidad Valenciana. Guillem se define como un converso. “Yo era un escéptico de la inmunoterapia, pero ahora creo en ella”, comenta con media sonrisa.

Este oncólogo recuerda que desde hace décadas se han estado usando fármacos (interleuquinas, citoquinas como el interferón) que potencian el sistema inmune contra el cáncer. Sin embargo, no se sabía demasiado bien cómo actuaban. La diferencia con el momento actual es que “el cáncer se escapa de los mecanismos de defensa del cuerpo y ahora sabemos por qué”. “Ahora sí puedo afirmar que creo en la inmunoterapia”, sostiene, “no es una teoría, sino que comienza a dar buenos resultados e incluso en algunos casos mejores que con cualquier otra terapia”.

Además de la quimioterapia y los tratamientos personalizados basados en las características genéticas de cada individuo, todo apunta a que la oncología contará en breve con nuevas herramientas basadas en la inmunoterapia, fruto de los fármacos que ya se están desarrollando, así como del resto de líneas de investigación en proceso. “En los últimos 10 años se ha generado más información científica relacionada con el cáncer que en los 2.000 años anteriores”, destaca Guillem.

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