¿Los refrescos engordan? Depende de quien pague el estudio

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Cuando se habla de conflictos de intereses en el ámbito científico, la industria tabaquera y las compañías farmacéuticas son las primeras a las que se señala con el dedo. Numerosos escándalos han sacado a la luz las estrategias que ambos sectores han utilizado durante décadas para influir en la investigación o, directamente, esconder unos resultados poco favorables para sus negocios.

Pero el tabaco y los fármacos no son los únicos que han querido posar sus tentáculos sobre la ciencia. También la industria alimentaria podría haber movido sus fichas, tal y como sugiere una investigación realizada en la Universidad de Navarra.

Según este trabajo, publicado en ‘PLoS Medicine‘, las conclusiones de las revisiones que han analizado la relación entre el consumo de bebidas azucaradas y la ganancia de peso varían radicalmente en función de si han sido financiados o no por compañías del sector.

“Hemos visto que es cinco veces más probable que las revisiones sistemáticas donde sus autores reconocen la existencia de un potencial conflicto de interés económico determinen que la relación entre el consumo de refrescos y la ganancia de peso es inconcluyente”, explica a EL MUNDO Maira Bes, profesora del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra y principal firmante de la investigación.

La investigación

El equipo de Bes rastreó la literatura científica hasta identificar 17 trabajos que, previamente, habían analizado la asociación entre bebidas azucaradas y obesidad. En seis de ellos, los autores habían reconocido tener lazos con la industria de la bebida o haber recibido financiación para el estudio por empresas del sector. Los otros 11, en cambio, habían señalado no tener ningún tipo de conflicto de interés.

Tras realizar un análisis independiente de los resultados de todos los trabajos seleccionados, el equipo de Bes comprobó grandes disparidades en función de las relaciones con la industria.

Así, mientras que el 83,3% de los estudios que no tenía ninguna relación con la industria concluía que el consumo de refrescos azucarados era un potencial riesgo para la ganancia de peso; prácticamente el mismo porcentaje -el 83%- de los que sí admitían lazos con el sector concluía justo lo contrario: que la evidencia científica era insuficiente para apoyar una asociación positiva entre refrescos y la acumulación de kilos de más.

Estos resultados, señalan los investigadores en la revista médica, “sirven para llamar la atención sobre posibles errores presentes en la evidencia científica que se deriva de la investigación financiada por la industria alimentaria” y dan razones para preocuparse por la interpretación de estos trabajos.

“El trabajo no ha evaluado cuál de las dos interpretaciones es la correcta”, recuerda Bes, pero “sí sabemos que los últimos ensayos aleatorios en niños, así como el último estudio que ha evaluado las relaciones entre genes y ambiente en este sentido demuestran una asociación positiva entre consumo de bebidas azucaradas y ganancia de peso”, subraya esta especialista, quien hace especial hincapié en que “de la evidencia científica disponible dependen muchas decisiones en las políticas de salud pública”.

En sus conclusiones, los científicos remarcan que la comunidad científica “debería hacer un esfuerzo especial para descartar la financiación procedente de partes con intereses particulares, con el objetivo de mantener la credibilidad de la ciencia nutricional y proteger los empeños científicos en este campo”.

Este objetivo, aclara Bes, no pretende acabar con la investigación que realiza la industria, sino fijar “unas reglas del juego” que hagan más visibles los posibles conflictos de interés.

“Nuestros resultados confirman la hipótesis de que los autores de algunas revisiones sistemáticas llegan a unas conclusiones consistentes con los intereses de sus esponsors”, señala la investigadora en la revista médica. “De forma consciente o inconsciente estos investigadores podrían estar sometidos a una presión”, añade la investigadora, quien insiste en que es necesario impulsar la regulación en este sentido, así como mejorar el papel de los editores de las publicaciones que se hacen eco de estos trabajos.

“La industria alimentaria está siguiendo los pasos de la industria farmacéutica o la tabaquera, de los que tenemos tantos ejemplos de influencia”, concluye Bes.

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