Objetivo: acabar con la malaria | Opinión | EL PAÍS

Pedro L. Alonso es director del Instituto de Salud Global de Barcelona y Matiana González Silva es coordinadora de la Iniciativa para la Eliminación de la Malaria de ISGlobal.

En toda la historia de la humanidad, solo una enfermedad ha sido erradicada: la viruela, cuyo último caso lo padeció en 1977 un habitante de Somalia tras una campaña de 10 años promovida por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Antes de eso, sin embargo, la OMS había intentado la erradicación de la malaria. El esfuerzo se suspendió sin haber conseguido su objetivo y, hoy por hoy, la malaria continúa siendo endémica en más de 100 países que dan hogar a la mitad de toda la población del mundo. Una enfermedad enteramente prevenible y curable causa todavía más de 600.000 muertes y 219 millones de casos cada año, cebándose particularmente en las poblaciones que más sufren de la pobreza, de la que se le considera tanto causa, como consecuencia.

Tras la II Guerra Mundial, el acceso a un nuevo insecticida —el DDT— y a un nuevo fármaco —la cloroquina— llevó a la sensación de que teníamos las herramientas que necesitábamos para acabar definitivamente con la malaria, y a lanzar lo que en su momento fue la primera campaña para erradicar una enfermedad jamás emprendida a un nivel global. Y aunque no funcionó en términos generales, no solo consiguió importantes avances, sino que dejó lecciones que estamos aprovechando en estos momentos, cuando la erradicación de la malaria ha vuelto a aparecer como una prioridad en la agenda internacional.

Las razones del fracaso de la campaña de los años cincuenta y sesenta continúan siendo todavía hoy discutidas, pero sin duda incluyen una planificación inadecuada, la falta de un proyecto sobre qué hacer en África y un financiamiento que resultó del todo insuficiente. Aún más, la confianza en el éxito llevó a que se abandonaran los esfuerzos de investigación. La consecuencia nefasta de todo ello fue un rebrote masivo de malaria que, durante las últimas décadas del siglo XX, causó decenas de millones de muertes.

Si el objetivo último de la medicina es hacer desaparecer las enfermedades que mayor sufrimiento y muerte causan en los seres humanos, a ser posible, de forma permanente, frente a las patologías infecciosas o transmisibles caben dos aproximaciones posibles: o bien controlarlas, disminuyendo al máximo sus consecuencias, pero aceptando que el esfuerzo tendrá que mantenerse de por vida, o hacer desaparecer el agente causal de todo el planeta y de forma permanente, en lo que conocemos como erradicación.

España ha jugado un papel muy importante, tanto en el desarrollo de nuevas herramientas como en la financiación de grandes programas internacionales

En el caso de la malaria, las dificultades para llegar hasta este punto son verdaderamente enormes. Nos enfrentamos a un problema de la mayor complejidad, que incluye desde las bases biológicas del parásito, sus mecanismos de evasión y los determinantes de la inmunidad, hasta el mecanismo de transmisión a través de un mosquito y el hecho de que la malaria sea endémica casi siempre en países con una infraestructura sanitaria muy débil.

La historia nos muestra que para llegar hasta la erradicación de la malaria necesitamos contar con el conocimiento, la determinación política y la base financiera suficientes. Hay que reconocer, además, que una vez iniciado el camino no hay marcha atrás: o se logra el objetivo último, o la malaria volverá asociada con una gran venganza.

La última década ha sido una época dorada para la investigación sobre malaria. Hemos desarrollado tratamientos de primera línea con artemisinina, las redes impregnadas con insecticida se están utilizando de manera masiva y estamos más cerca que nunca de tener una primera generación de vacunas que podría estar registrada en menos de 24 meses.

En los esfuerzos globales contra esta enfermedad que han tenido lugar durante los últimos 10 años, España ha jugado un papel muy importante, tanto en el desarrollo de nuevas herramientas como en la financiación de grandes programas internacionales. Estimaciones conservadoras sugieren que, tan solo en este lapso, más de 100.000 vidas han sido salvadas a través del esfuerzo de los contribuyentes de nuestro país.

Tras una época de abandono y pesimismo por la suspensión del primer intento de erradicación de la malaria, lo que se percibió como un grave fracaso, la comunidad internacional ha vuelto a asumir este objetivo. Y es que, no porque seamos hoy conscientes de las dificultades de desaparecer de la faz de la tierra el parásito que causa esta terrible enfermedad vamos a renunciar a lo que representaría uno de los mayores logros en la historia de la medicina.

En los últimos años, muchos centros científicos nos hemos tomado la eliminación de la malaria como un nuevo faro que guía nuestro trabajo. Con nuestros mejores esfuerzos, el apoyo de los donantes y de la opinión pública, altas dosis de imaginación y el mayor de los compromisos, trabajamos cada día con la esperanza de que algún día, entre todos, conseguiremos este objetivo.

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