H7N9: la gripe de Shanghái | EL PAÍS

Los epidemiólogos están en alerta ante el nuevo virus, que ha saltado a las personas

La infección de una paloma provoca el sacrificio de miles de aves

Las autoridades chinas han detectado 21 infectados, seis de ellos han fallecido. / Ray Young (Efe)

La nomenclatura de los virus de la gripe ha constituido hasta ahora un verdadero engorro para científicos, periodistas y lectores. Todos hemos añorado durante los últimos años el salero y desaliño con que los antiguos bautizaban estas epidemias, desde la ‘gripe española’ de 1918 hasta la peste aviar de 1998 pasando por la pandemia de Hong Kong, la neumonía asiática y otras denominaciones enigmáticas y exóticas. Luego vinieron las haches y las enes –H1N1, H3N2, H5N1— que nos sumieron a todos en la perplejidad alfanumérica. Y nos acaba de caer encima lo que en otros tiempos se habría llamado el ‘brote de Shanghai’ pero ahora responde por H7N9, así que ánimo, lectores.

Desde que China reconoció a principios de este mes las primeras dos muertes por un nuevo tipo de gripe aviar, la cifra de víctimas humanas ha ido goteando hasta seis (ver artículo adjunto). Si se tiene en cuenta que la gripe convencional –esa que nos fastidia una semana cada temporada invernal— mata a medio millón de personas cada año, las estadísticas del H7N9 pueden parecer intrascendentes. Pero a los epidemiólogos les pone los pelos de punta cualquier nuevo virus de la gripe que ataque a las personas. Tienen razones científicas muy sólidas para ello, aunque rara vez cuenten con la comprensión del público y, sobre todo, de los directores generales de ganadería y de salud pública.

La sola identificación de una paloma positiva para el virus H7N9 –por primera vez en un animal vivo— condujo ayer al sacrificio preventivo de varios miles de aves en los mercados de Shanghai, la segunda ciudad más populosa del mundo. Como en Pekín y en Hong Kong, los deslumbrantes rascacielos de acero y cristal de Shanghai que suelen aparecer en las páginas salmón de la prensa coexisten con unos mercados medievales de animales vivos que, desde hace tiempo, preocupan a los virólogos y epidemiólogos de todos los países.

Los mercados con animales vivos son foco de intercambio de agentes infecciosos

Los intercambios de agentes infecciosos y cócteles de genes virales que ocurren en esos espacios son los principales sospechosos de cocinar las epidemias emergentes que de cuando en cuando sacuden el planeta. Virus de origen aviar a los que las personas no han estado nunca expuestas, y contra los que el sistema inmune humano está virgen y vulnerable como un colegial que sufre su primera novatada en el instituto. No es extraño que el Gobierno chino haya puesto a todos los hospitales de Shanghai y las provincias vecinas en alerta máxima.

La claridad y transparencia con que la Comisión Nacional de Salud de la gran potencia asiática está reaccionando a la presente crisis contrasta –o más bien se da de patadas— con la tradición opaca e irracional que ha sido la marca de Pekín durante las últimas dos décadas, y que le procuró la condena unánime de la comunidad científica internacional.

La opacidad es un caldo de cultivo para la propagación de epidemias

El empecinamiento del Gobierno chino en ocultar la epidemia de sida en el país –y particularmente en las provincias agrícolas alejadas de las grandes ciudades de su costa Este— fue uno de los principales estímulos a la propagación de un virus que se beneficia grandemente de la ignorancia de sus portadores, y lo mismo pasó con la epidemia de SARS y los primeros brotes de gripe del siglo XXI.

La política de salud pública del gigante asiático, sin embargo, ha evolucionado deprisa en la última década. En primer lugar porque el Gobierno chino ha percibido que la colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los mejores científicos expertos en gripe del mundo solo puede contribuir a la contención de sus propias plagas. Segundo, porque uno de los nodos centrales de esa epidemiología mundial está en su territorio, en la Universidad de Hong Kong.

Y en tercer lugar, porque ocultar un brote viral en nuestros días es justo la mejor forma de encender una mecha igualmente viral en las redes sociales, por más que las autoridades se empecinen en censurarlas. La opacidad no solo es el mejor caldo de cultivo para la propagación de un virus, sino también para la del pánico. Cada negación gubernamental multiplica las ventas de mascarillas junto a los mercados de Shanghai. Si el virus se ha extendido a Pekín y Hong Kong, negarlo no detendrá el pánico, ni las ventas de mascarillas en esas ciudades. Informar a la población será la mejor barrera para frenar la propagación del virus. Y la del miedo, que solo sirve para complicar las cosas, como ha resultado patente en las anteriores alertas.

La H y la N significan hemaglutinina y neuraminidasa, las dos proteínas de la cubierta de cualquier virus de la gripe, y los números que las siguen (como en H7N9) designan los grandes subtipos de estas dos proteínas. H1, por ejemplo, es el principal tipo de hemaglutinina viral en los virus de la gripe humanos al menos desde 1918, cuando un virus de esa clase saltó de las aves a los humanos y mató a 50 millones de personas.

Eso es el doble de las víctimas causadas por la Gran Guerra (la Primera Guerra Mundial), que acabó justo ese mismo año. La preocupación actual de los epidemiólogos tiene mucho que ver con aquella masacre gigantesca y olvidada. La denominación de ‘gripe española’, por cierto, es una curiosa injusticia histórica con un ángulo sobre la libertad de prensa. Los medios de comunicación de los países implicados en la Primera Guerra Mundial tenían prohibido informar sobre la epidemia para no desmoralizar a las tropas, y los periódicos españoles fueron los únicos que hablaron de una de las peores crisis sanitarias de la historia registrada. En realidad, la gripe española surgió en un campamento militar de Kansas y se propagó a Europa con los soldados norteamericanos movilizados para la contienda. Otro silencio fatal.

Los virus H7 (como el actual H7N9) circulan normalmente en las aves, como casi todos los virus de la gripe. Algunos de ellos (H7N2, H7N3, H7N7) se habían detectado antes en brotes humanos limitados, pero esta es la primera vez que un virus H7N9 ha saltado a la especie humana, al menos por lo que consta en los registros de la OMS. Los pacientes, como ocurre con otros agentes infecciosos de esta familia, sufren fiebre alta, tos, dificultades respiratorias y, al menos en los pocos casos descritos hasta ahora, una grave neumonía que pone en riesgo su vida.

De momento no está clara la forma de transmisión a las personas, ni por qué los casos han empezado a darse ahora pese a que el virus lleva décadas circulando entre las aves de China. Los estudios de la secuencia genética del virus aislado de las víctimas humanas indican, según los científicos de la OMS, que sus genes de origen aviar se han adaptado parcialmente a los mamíferos. Las proteínas de la cubierta del virus son ahora más afines a las células humanas que las del virus aviar original, y el metabolismo del agente infeccioso se ha acomodado a las temperaturas (cercanas a los 37 grados) que priman en nuestros tejidos.

Este es el gran problema general que preocupa a los científicos. Hace apenas un año que la modificación en el laboratorio de otro virus aviar, el H5N1, confirió a este agente una alta capacidad de transmisión entre hurones, el modelo clásico para la investigación sobre la gripe humana. Estos trabajos exorbitaron los ojos de los asesores de seguridad de la Casa Blanca, que no alcanzaban a entender la razón de esos experimentos.

Pero el argumento de los científicos que los hicieron no solo se impuso entonces, sino que está ahora más vivo que nunca: que el vkirus H5N1 que circula por la naturaleza ya había acumulado por sí mismo algunos de esos mismos cambios que ellos habían inducido en el laboratorio. Por todo lo que sabemos, otro tanto cabe decir del nuevo agente infeccioso de la gripe de Shanghai. H7N9, otro acertijo alfanumérico al que tendremos que acostumbrarnos.

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