La guerra del rinoceronte | elmundo.es

Un montón de pequeñas cruces se desparraman por el suelo en un centro comercial de la sudafricana ciudad de Nelspruit, cercana al Parque Nacional Kruger. Lo hacen en hilera, anunciando la muerte infinita. Lo hacen en un país acostumbrado a ella, a convivir con sus símbolos y su crudeza. Sin embargo, estas cruces denuncian una guerra nueva que se extiende desde hace dos años: salvar a los rinocerontes. En lo que va de 2012 han muerto ya 528 ejemplares. La cifra, que crece con el tiempo, pone en riesgo su supervivencia. Se calcula que quedan cerca de 22.000 ejemplares en todo el país.

Cerca, en una gran tienda de material de construcción, hay un rinoceronte inmenso de cartón y una joven que pide dinero. Otra estampa fácil de tropezar en este país, la de solicitar dinero para sobrevivir.“Ayuden a salvar al rino”, dice con voz suave.

Tras ella, el dibujo de un animal sobre el que se leen sus alarmantes cifras de muerte, sus falsas leyendas sobre sus mágicos cuernos y alguna foto de sus cuerpos muertos en el suelo con un sangrante “agujero” en su rostro.

Cada kilo de cuerno de rinoceronte se vende, especialmente en el mercado asiático, a cerca de 40.000 euros. Su uso, una leyenda sin constatar, se destina especialmente a crear potentes afrodisiacos, para la medicina tradicional china y para la creación de algunas dagas ceremoniales asiáticas. “Demasiado dinero en juego que hace una guerra desigual”, explica la joven.

De hecho, en los últimos años el Gobierno sudafricano y entidades privadas han decidido luchar abiertamente contra las mafias que controlan este mercado negro. “La orden es tirar a matar”, explicaban hace meses miembros del Gobierno que daban luz verde a sus ranger para cazar a los cazadores ilegales. Cada mes los periódicos sudafricanos van anunciando un goteo de muertes de los que prefieren jugarse la vida en este lucrativo negocio de matar a estos inmensos animales. El problema es que algunos de estos grupos de cazadores trabajan con material mucho más avanzado que el de los guardas. “Llevan helicópteros, mirillas nocturnas telescópicas y controladores de frecuencias”, explica Rob, un guarda del Parque Kruger. En algunos casos se contrata a empresas privadas para encargarse de la guarda de pequeñas reservas, el problema es el coste: “Un guarda privado cuesta 3.000 euros”, decía a ELMUNDO.es Rian Kootze cuando la “crisis del rino” no había aún explotado de la forma actual.

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